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Misión de los setenta y dos discípulos

Meditación sobre Lc 10,1-16

Nos dice Lucas que, como se iban cumpliendo los días de su ascensión, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén. Envió mensajeros delante de sí para prepararle posada. El evangelista continúa:

Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios adonde Él había de ir. Y les dijo:

   “La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.

Lo que Jesús dice a sus enviados no deja de ser un misterio. Solo el Hijo nos puede revelar que el Dueño de la mies, que es su Padre Dios, ha preparado mucha gente para recibir el Evangelio, pero tiene pocos obreros para anunciarlo. Por eso Jesús dice a este primer grupo de enviados que empiecen su misión con la oración y que no dejen de rogar al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. En la Iglesia las cosas serán siempre así.

Seguimos escuchando al Señor:

“Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: «Paz a esta casa». Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros.

   Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros»”.

La oración al Padre marca toda la misión. Por eso, aunque los envía como corderos en medio de lobos, Jesús les dice que vayan con lo estrictamente necesario; y que se dediquen a su tarea sin andar perdiendo el tiempo. El gran tesoro que llevan dará fruto por sí solo. A ellos les toca ser fieles a la misión que Jesús les ha encargado. Para lo demás, Dios proveerá.

   Lo primero que estos enviados tienen que decir al entrar en una casa es: «Paz a esta casa». En el Cenáculo, a punto de encaminarse a la Pasión, Jesús dice a sus discípulos:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”.

Jesús ha venido al mundo a darnos su paz. Con su paz, el corazón de sus enviados no se turbará ni se acobardará, aunque hayan sido enviados como corderos en medio de lobos. Y ellos llevarán al mundo la paz de Jesús y, donde encuentren un hijo de la paz, esa paz reposará sobre él. Qué imagen tan preciosa. Así crecerá el Reino de Dios en la historia.

   Los enviados de Jesús tienen que vivir centrados en su misión, sin dar mayor importancia a temas como la comida o la comodidad del alojamiento; tienen que ser conscientes de que son obreros de Dios y, por eso, además de paz llevan la vida y el Reino de Dios.

Los enviados del Señor van a tener desde el principio la experiencia de no ser recibidos:

“En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca». Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad”.

Estos hombres a los que Jesús ha designado son portadores de sus palabras, que son palabras de Salvación. Pero Jesús es señal de contradicción y sus palabras pueden acogerse o rechazarse. El que las rechaza se cierra al Reino de Dios, aunque esté cerca. Eso es lo que simboliza el sacudirse el polvo de los pies. Es una imagen escatológica. Cuando llegue el juicio los enviados de Jesús darán testimonio de que a esas gentes les fue ofrecida la palabra de Salvación y la rechazaron.

Ahora las palabras de Jesús se transforman en sentidos lamentos:

“¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!

Estas ciudades en las que Jesús ha vivido tiempo, donde ha predicado con abundancia y hecho muchos milagros, no lo reciben. Por eso los «Ayes». Los «Ayes» no son condenas –Jesús ha venido a salvar, no a condenar–; tampoco son una amenaza. Los «Ayes» son lamentaciones que expresan el dolor de Jesús; son una advertencia y una invitación a la conversión.

   Las palabras de Jesús son muy fuertes, pero más fuerte es la realidad que expresan. Con este lenguaje, además de revelarles la realidad última –Jesús siempre habla en el horizonte escatológico–, les está invitando a vivir preparando el Juicio, el Día en que daremos cuenta a Dios de nuestra vida.

   ¿Qué pasó? ¿Acogieron estas ciudades la invitación de Jesús a la conversión? No sabemos. Como tantas veces las palabras de Jesús quedan abiertas. Es un recurso que utiliza para que comprendamos que nos las dirige a nosotros.

Jesús termina con unas palabras que son muy reveladoras. Se dirige a los setenta y dos –cifra que simboliza todos los pueblos de la tierra– a los que ha elegido y enviado:

“Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”.

Jesús, que ha venido enviado por el Padre, envía a sus discípulos. El que escucha a los discípulos escucha a Jesús. El que rechaza a los enviados de Jesús le rechaza a Él y rechaza a Dios Padre que le ha enviado. Esto es lo que está en juego en las tres categorías de ciudades de las que Jesús nos ha hablado. Por eso el lenguaje tan fuerte que Jesús utiliza con las ciudades que rechazan el anuncio del Evangelio. La aparición de los enviados de Jesús que traen la paz y anuncian la cercanía del Reino de Dios lo sitúa todo en el horizonte escatológico, el horizonte del Juicio, de la salvación y de la condenación. Como tantas veces estas palabras de Jesús son una invitación a vivir la vigilia de espíritu.

Al final todo es cuestión de relación personal: la relación entre el Padre, el Hijo y nosotros. ¿Por qué la palabra de Jesús que elige y envía tiene el poder de introducirnos en la relación personal con Él y con su Padre Dios? La razón me parece clara: cuando habla el hombre Jesús, el Yo que habla es el Yo de Dios, el Yo de Dios Hijo. Por eso las maravillas que sus palabras realizan.

Jesús está formando a sus discípulos; los va asociando a su obra. Éste es un momento importante en la historia de la Salvación. Por primera vez van a tomar ellos el protagonismo de ser enviados por Jesús. En este envío está lo esencial de lo que tendrán que vivir una vez que el Señor los mande al mundo entero para edificar su Iglesia. Los discípulos de Jesús van a empezar a tener experiencia personal de la eficacia de obedecer sus palabras; y empiezan a tener experiencia del rechazo con el que tantas veces se encontrarán.


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