Meditación sobre Lc 10,10–20
El Señor ha designado setenta y dos discípulos y los ha enviado a todas las ciudades adonde Él pensaba ir más adelante. Los ha enviado de dos en dos. Les dice que en la ciudad donde entren y les reciban, tienen que curar a los enfermos que haya en ella y decirles que el Reino de Dios está cerca. Otra cosa es lo que les dice para las ciudades que no les reciban:
“En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca». Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad”.
Las palabras son muy fuertes, pero más fuerte es la realidad que expresan. Con los enviados de Jesús llega a esa ciudad la Salvación; si no son recibidos, si rechazan definitivamente el Reino de Dios, lo que a esa ciudad le espera es la muerte, la muerte eterna. Eso es lo que expresa la relación al Juicio –«el Día»– y a Sodoma. Con este lenguaje, además de revelarles la realidad última –Jesús siempre habla en el horizonte escatológico–, les está invitando a convertirse mientras todavía tienen tiempo, a vivir preparando ese Día en el que daremos cuenta a Dios de nuestra vida.
Pero hay ciudades que, no solo no reciben a los enviados de Jesús que las visitan de paso, sino en las que Jesús ha vivido tiempo, donde ha predicado con abundancia y donde ha hecho muchos milagros. Y no solo rechazan a sus discípulos, sino que no lo reciben a Él. A este grupo pertenecen Corazín, Betsaida y Cafarnaúm. Por eso los «Ayes». Los «Ayes» son lamentaciones que expresan el dolor de Jesús porque el comportamiento de esos hombres les lleva a la condenación:
“¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta los infiernos te hundirás!”
Las lamentaciones de Jesús son una invitación a la conversión. El Señor sabe que su Padre Dios quiere que todos los hombres se salven, y Él ha venido al mundo a salvar, no a condenar. Que no lleguemos a hundirnos en los infiernos lleguemos es la esperanza que tiene puesta en nosotros.
Las palabras de Jesús se entienden perfectamente. Son muy fuertes, pero se entienden perfectamente. No son una amenaza; son una advertencia, una invitación a la conversión; la conversión, nos dice, es la finalidad de los milagros, que son la manifestación de que Dios obra en Jesús.
¿Qué pasó? ¿Acogieron estas ciudades la invitación de Jesús a la conversión? No sabemos. Como tantas veces las palabras de Jesús quedan abiertas. Para que comprendamos que nos las dirige a nosotros.
Jesús termina con unas palabras en las que nos revela qué es lo que de verdad pasa cuando escuchamos o rechazamos al discípulo que Jesús nos ha enviado para anunciarnos que el Reino de Dios está cerca e invitarnos a la conversión:
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”.
Qué palabras tan fuertes. Jesús nos revela las relaciones tan estrechas entre su Padre Dios, Él mismo y sus discípulos. El que rechaza a un enviado de Jesucristo le rechaza a Él, y el que le rechaza a Él rechaza al Padre que le ha enviado. El enviado de Jesús actúa con el poder de Cristo y del Padre celestial. Por eso el poder que tienen sobre los demonios en nombre de Jesús:
Los setenta y dos volvieron llenos de alegría, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”.
Jesús comenzó la proclamación de la Buena Nueva de Dios anunciando la cercanía del Reino de Dios e invitando a la conversión y a la fe en el Evangelio. Con la llegada del Reino de Dios Satanás pierde su poder. Es el fruto de la Evangelización. Satanás cae de ese cielo al que Cafarnaúm quería encumbrarse, de esa altura de la soberbia y del poder que se había arrogado con el pecado del hombre.
Por eso la alegría que llena a estos discípulos del Señor. Pero Jesús lleva la alegría de estos hombres al horizonte de la Salvación, al ámbito en el que la alegría será plena y eterna. Por eso les dice que lo verdaderamente importante es que sus nombres estén escritos en los cielos.
Estas palabras del Señor contienen lo esencial del cristianismo. Para que nuestros nombres lleguen a estar escritos en los cielos nos ha mandado el Padre a su Hijo; y Jesucristo ha dado su vida en la Cruz. Esa es la finalidad de la acción del Espíritu Santo y la razón de ser de la Iglesia.
Es Jesucristo el que escribe nuestro nombre en el registro de los ciudadanos del cielo; y se puede decir que lo hace con su Sangre. El día que el Señor nos llame a su presencia y encontremos nuestro nombre en el libro de la vida nos invadirá una alegría que se abrirá a la eternidad. Entonces descubriremos que todo ha valido la pena.
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