Meditación sobre Lc 23,32-34
El capítulo 18 del libro del Génesis nos ha dejado el relato del día que Abraham comprendió que la Elección y la Promesa de Dios –“Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”– conllevaba la responsabilidad de interceder por todos los hombres. Por eso Abraham le pide a Dios –de un modo extraordinariamente simpático– que no destruya a Sodoma y a Gomorra.
Con esta primera oración de intercesión Abraham abre un camino que Moisés y los Profetas de Israel continuarán: actuarán como mediadores que se ponen «en la brecha» ante Dios para rogar por el perdón y la salvación del pueblo. Así Abraham, Moisés y los Profetas de Israel han ido preparando el horizonte hermenéutico que nos ha ayudado a los cristianos a comprender que la salvación de toda la humanidad se realiza por la intercesión de uno solo: Jesucristo.
El camino de la intercesión, que es una de las líneas de fuerza del Antiguo Testamento, alcanza su etapa decisiva en la oración de Cristo en la Pasión. La primera palabra de Jesús en la Cruz, según el relato de San Lucas, es la oración de intercesión:
Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con Él. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Son nuestros pecados, no los soldados, los que crucificaron a Jesús en el lugar llamado Calvario. San Pedro lo explica admirablemente (1Pe 2,24):
Subiendo al madero,
Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo,
a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia;
y por sus llagas fuisteis sanados.
Desde el madero Jesús pide al Padre por todos los que le hemos crucificado. Jesús acoge el pecado del mundo y lo transforma en oración de intercesión. Por el amor obediente a su Padre Dios, que es lo que le lleva a la Cruz, Jesús ha ganado en su Pasión el poder de hacer de la ofrenda de su vida oración por nosotros.
El camino de la oración de intercesión, que alcanza su etapa decisiva en la oración de Jesús en la Cruz, culmina a la diestra de Dios, donde está Cristo Jesús intercediendo por el mundo entero. Así nos lo dice San Juan en la primera de sus Cartas (1Jn 2,1-2):
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
Qué palabras tan conmovedoras; son palabras que llenan el corazón de consuelo y esperanza. Dios está con nosotros; Jesucristo, el Justo, no nos condenará: está ahora ante el Padre, como víctima de propiciación, intercediendo por nosotros, mostrándole las heridas de los clavos y de la lanza. El día que Dios nos llame a su presencia nos encontraremos con nuestro Intercesor. Eso será muy consolador.
La oración de intercesión de Jesús envuelve el cielo y la tierra, y graba el sello de la esperanza en el corazón de toda persona: pase lo que pase en nuestra vida tenemos la seguridad de que Jesucristo, el Justo, intercede ante su Padre Dios por nosotros. Hasta el último momento podremos abrir el corazón a su oración y convertirnos.
Con su oración Jesús nos enseña que no estamos en el mundo para juzgar. El juicio es cosa de Dios; nosotros estamos para cuidar y para interceder. Así abrimos espacio a la misericordia y al perdón de Dios. Unida a la intercesión de Jesús, nuestra oración tiene un poder que no podemos sospechar.
La oración de intercesión es una admirable gracia de Dios: siempre podemos interceder y, tantas veces, no podemos hacer otra cosa; y todo lo podemos convertir en oración de intercesión; así la vida ordinaria adquiere un valor verdaderamente divino. Además, en la oración nadie nos resulta extraño: el corazón se dilata, se hace católico. La oración de intercesión es la gran escuela de la sabiduría cristiana.
De un modo muy especial Jesús nos ha dejado su poder de interceder en la Santa Misa. En el Sacrificio Eucarístico nos asocia a su ofrenda al Padre por nosotros. Es muy ilustrativo llevar a la oración los textos de la Misa para caer en la cuenta de la riqueza de la intercesión. Y hacerlo con la clara conciencia de que el poder que tenemos ante Dios no deriva de ningún mérito nuestro, sino de que el Crucificado se ha puesto en nuestras manos para que lo ofrezcamos al Padre como Víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero.
En el Calvario, Jesús asocia a su Madre a su oración. Y, cuando nos la da por Madre, nos la da como Intercesora. El Espíritu Santo ha ido llevando a la Iglesia a tener clara conciencia del poder de intercesión de la Madre de Jesús.
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