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La oración de intercesión

Meditación sobre Lc 23,32-34

Las Escrituras de Israel están cuajadas de oraciones de intercesión. No pocas de ellas son magníficas; forman un largo camino que Israel, sabedor que su Dios es rico en Misericordia y grande en perdonar, fue recorriendo con confianza. La Misericordia de Dios abre espacio a la oración de intercesión.

El camino de la intercesión alcanza su etapa decisiva en la oración de Jesús en la Pasión. Desde la Cruz Jesús pide al Padre por el mundo entero. La primera palabra de Jesús en la Cruz, según el relato de San Lucas, es la oración de intercesión:

Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con Él. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Son nuestros pecados, no los soldados, los que crucificaron a Jesús en el lugar llamado Calvario. San Pedro, en su primera Carta, lo explica admirablemente:

Subiendo al madero,

Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo,

a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia;

y por sus llagas fuisteis sanados.

Desde el madero Jesús pide al Padre por todos los que le hemos crucificado. Jesús acoge el pecado del mundo y lo transforma en oración de intercesión. Por el amor obediente a su Padre Dios, que es lo que le lleva a la Cruz, Jesús ha ganado en su Pasión el poder de hacer de la ofrenda de su vida oración por nosotros.

El camino de la oración de intercesión, camino que Israel inició tantos siglos antes de la Encarnación del Hijo de Dios, alcanza su etapa decisiva en la oración de Jesús en la Pasión; y el camino culmina a la diestra de Dios, donde está Cristo Jesús intercediendo por el mundo entero. Así nos lo dice San Juan en la primera de sus Cartas:

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Qué palabras tan conmovedoras; son palabras que llenan el corazón de consuelo y esperanza. Dios está con nosotros; Cristo Jesús, el Abogado, no nos condenará: está ahora ante el Padre intercediendo por nosotros como víctima de propiciación por nuestros pecados, mostrándole las heridas de los clavos y de la lanza. El día que Dios nos llame a su presencia nos encontraremos con Él, que aboga ante el Padre por nosotros.

   La oración de intercesión del Hijo encarnado envuelve el cielo y la tierra y graba el sello de la esperanza en el corazón de toda persona: pase lo que pase en nuestra vida tenemos la seguridad de que Jesús intercede ante su Padre Dios por nosotros; hasta el último momento podremos abrir el corazón a su oración y convertirnos. Y eso sucede con toda persona.

Con su oración Jesús nos enseña que no estamos en el mundo para juzgar. El juicio es cosa de Dios, nosotros tenemos que interceder. Así abrimos espacio a la misericordia y al perdón de Dios. Unida a la intercesión de Jesús, nuestra oración tiene un poder que no podemos sospechar.

   La oración de intercesión es una admirable gracia de Dios: siempre podemos interceder y, tantas veces, no podemos hacer otra cosa; y todo lo podemos convertir en oración de intercesión, con lo que la vida ordinaria adquiere un valor verdaderamente divino. Además, en la oración nadie nos resulta extraño: el corazón se dilata, se hace católico, conoce que toda persona necesita de mi oración y yo necesito de la oración de todos. La oración de intercesión es la gran escuela de la sabiduría cristiana.

De un modo muy especial Jesús nos ha dejado su poder de interceder en la Santa Misa. En el Sacrificio Eucarístico nos asocia a su ofrenda al Padre por nosotros. El poder que tenemos ante Dios no deriva de ningún mérito nuestro, sino de que el Crucificado se ha puesto en nuestras manos para que lo ofrezcamos al Padre como Víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero.

   En el Calvario, Jesús asocia a su Madre a su oración. Y, cuando nos la da por Madre, nos la da también por Intercesora. El Espíritu Santo ha ido llevando a la Iglesia a tener clara conciencia del poder de intercesión de la Madre de Jesús. Esa conciencia se manifiesta en la vida de los cristianos de mil maneras. Una de estas maneras es el rezo del Ave María, donde pedimos a nuestra Intercesora:

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.


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