Meditación sobre Rom 8,18-27
Seguimos meditando esta página admirable de la Carta a los Romanos. El Apóstol nos acaba de decir:
El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados.
Con este horizonte continuamos. San Pablo se va a centrar en la importancia que nuestra glorificación tiene en el designio de Dios, y en como afecta a toda la creación.
Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros.
La clave es unir los sufrimientos del tiempo presente a la Cruz de Cristo: padecer con Cristo para ser con Él también glorificados. La multitud de cristianos fieles a Jesucristo a lo largo de la vida de la Iglesia confirma la verdad de estas palabras de San Pablo.
También la creación espera con ansia nuestra participación en la gloria de Cristo:
La ardiente expectativa de la creación, en efecto, está dirigida hacia la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.
Qué idea tan preciosa. El mundo creado, solidario por disposición divina con el ser humano, fue sometido a la vanidad y a la servidumbre de la corrupción provocada por el pecado. Esto lo explica admirablemente el contraste entre Gen 1-2 y Gen 3,17-19. Pero, por la misma solidaridad con el hombre, también la creación espera ardientemente la revelación de los hijos de Dios, participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.
Y no es esto solo, sino que nosotros, que poseemos ya las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo. En la esperanza hemos sido salvados. Ahora bien, una esperanza que se ve no es esperanza; pues ¿acaso uno espera lo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia.
Vivimos en esperanza; vivimos esperando lo que todavía no vemos. Esta será nuestra vida hasta que se cumpla esta doble palabra que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm:
“Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día.
Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que Yo lo resucite el último día”
Hasta que llegue ese último día en el que, de acuerdo con la voluntad del Padre, el Hijo nos resucite, también nosotros, que poseemos ya las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo.
En este tiempo de lucha perseverante en que esperamos lo que no vemos, no estamos solos; luchamos con la ayuda del Espíritu, del que ya poseemos las primicias. Estas palabras de Pablo son muy consoladoras:
Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones conoce cuál es la intención del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.
El propio Espíritu viene en ayuda de la oración que expresa nuestro anhelo de llegar a la gloria con Cristo. El Espíritu mismo intercede por nosotros, que no sabemos cómo pedir para orar como conviene y, como su intercesión a favor de los santos es según Dios, su oración será escuchada por Dios.
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