Meditación sobre 2 Cor 1,18-22
San Lucas, justo después de contarnos el nacimiento de Jesús, nos dice había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche y que se les presentó el Ángel del Señor y les dijo:
“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
En la segunda Carta a los Corintios San Pablo nos va a decir que ese Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre es la prueba definitiva de la fidelidad de Dios: Jesús, el Hijo, es el gran sí de Dios.
¡Por la fidelidad de Dios! que la palabra que os dirigimos no es “sí” y “no”. Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue “sí” y “no”; en Él no hubo más que “Sí”. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su “Sí” en Él; y por eso decimos por Él “Amén” a la gloria de Dios. Y es Dios quien nos confirma con vosotros en Cristo, y quien nos ungió, y quien nos marcó con su sello, y nos dio como arras el Espíritu en nuestros corazones.
En las Escrituras de Israel Dios se revela como el Dios fiel a sí mismo y, por eso, fiel a sus promesas. Las distintas figuras con las que los profetas revelan el misterio de Dios –Creador, Padre, Esposo, Pastor– hacen referencia directa a su fidelidad. Las promesas y las obras de Dios alcanzan su sí definitivo en su Hijo Encarnado. Cristo Jesús es el Sí definitivo de Dios a la Alianza del Sinaí, al Israel fiel, a las Escrituras de Israel. Por eso todo el Antiguo Testamento se comprende desde Jesucristo.
Cristo Jesús es el Sí definitivo de Dios a su Creación; a todo lo humano noble. Así el trabajo, la familia, las alegrías, las penas, todo queda transformado y nuestra vida se puede convertir en una ofrenda que Dios acepta con agrado; podemos ofrecernos día a día como víctima viva, santa, agradable a Dios, hacer de la vida un verdadero culto espiritual, una verdadera Eucaristía. Este es el Amén que, por Jesucristo, decimos a la gloria de Dios.
Porque Jesús es el Sí definitivo de Dios a toda persona humana, a los ojos del Padre el rostro de cada ser humano tiene ahora los rasgos del rostro de su Hijo. Por muy desfigurado que esté ese rostro por el pecado o el sufrimiento, la mirada del Padre descubre siempre en el rostro humano el rostro de Jesús. Ese sí de Dios a cada ser humano es lo que funda la dignidad inviolable de la persona; fuera de ese sí todo el parloteo sobre derechos humanos se convierte en un instrumento al servicio de las luchas de poder, en una excusa para alimentar la cultura de la muerte.
Cristo Jesús es el Sí definitivo al amor que Dios nos tiene y a la vida que de Él nos llega. Así nos lo dice el Señor a raíz del encuentro con Nicodemo:
“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Y porque todas las promesas de Dios han tenido su Sí en Cristo, por eso podemos decir por Él amén a la gloria de Dios. Cristo Jesús es el Amén definitivo del hombre a Dios. La plena adhesión, la confianza perfecta en la eficacia de las promesas de Dios. Ese es el misterio de su vida; eso es la Cruz; por eso es redentora. Y la fidelidad de Cristo a Dios es tan poderosa que contiene todo otro amén a la gloria de Dios. Sólo hay amen a Dios por Jesucristo; sólo por Cristo Jesús podemos dar gloria a Dios con nuestra vida, introduciendo todas las dimensiones de nuestro vivir en el Amén del Testigo fiel y veraz, que es testigo, sobre todo, del amor que su Padre Dios nos tiene y del destino de vida eterna, de vida de hijos de Dios, que nos tiene reservado.
El Apóstol termina esta página dejando claro que todo es obra de Dios que, en Cristo, nos ha ungido y sellado con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia.
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