Meditación sobre Jn 3,1-13
Nicodemo es un hombre grande; un hombre que se portó de forma magnífica, junto con José de Arimatea, en el Descendimiento y en la Sepultura del Señor. Así nos lo dice Juan en el relato de la Pasión: los dos tuvieron el gran honor de tomar el cuerpo de Jesús muerto, envolverlo en lienzos con los aromas, y depositarlo en el sepulcro. Según el Evangelio de Juan fueron los últimos que pudieron manifestar su amor al Señor en esta tierra. Cuando, muy de mañana del primer día de la semana, las mujeres de Galilea lo intenten, se encontrarán ya con Jesús Resucitado. San Juan nos cuenta el primer encuentro de Nicodemo con Jesús.
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él”. Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios”.
Jesús va a lo esencial. Él, como bien dice Nicodemo, ha venido de Dios como maestro. Pero es un maestro especial, que nos da el poder de ser y de vivir lo que nos enseña. Su lección magistral es darnos una nueva vida, hacernos capaces de nacer de lo alto, de ver el Reino de Dios. ¿Para qué otra cosa nos lo enviaría Dios más que para que nos lleve a su Reino? Llegar a vivir en el Reino de Dios es lo único realmente importante en nuestra vida; es la esperanza que Dios tiene puesta en nosotros.
Jesús nos dice que para entrar en el Reino de Dios hay que nacer de lo alto, nacer de nuevo, nacer de Dios. Hay que recibir una nueva naturaleza y dejarse transformar en un hombre nuevo. No podemos darnos la salvación a nosotros mismos; solo podemos recibirla de Dios como pura gracia. Jesús es el Salvador. No hay otro.
Dícele Nicodemo: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?” Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”.
Jesús sigue centrado en lo esencial. Lo que nos dice es muy claro; y nos da la razón: lo nacido del Espíritu, es espíritu. Por eso insiste: «Tenéis que nacer de lo alto». Para hacernos capaces de nacer del Espíritu ha venido el Hijo de Dios al mundo.
Lo nacido de la carne es carne, y la carne no puede entrar en el Reino de Dios. Nacer del Espíritu es el misterio central de nuestro ser cristianos. Como nos va a decir ahora el Señor, es un misterio que hay que aceptar y vivir en la fe, dejando que sea el Espíritu el que gobierne nuestra vida de hijos de Dios. Da igual que, como Jesús nos dice con el ejemplo del viento, haya muchas cosas del Espíritu, del nacimiento del Espíritu y de la vida en el Espíritu que no conozcamos.
Respondió Nicodemo: “¿Cómo puede ser eso?” Jesús le respondió: “Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre”.
Un maestro en Israel debería conocer que el hombre ha nacido de la carne y es carne; que no puede darse la salvación a sí mismo; que tiene que nacer de nuevo, nacer del Espíritu, para poder llegar al Reino de Dios. Esto está claramente expresado en numerosos pasajes de las Escrituras de Israel.
Pero Jesús ha venido a traernos una revelación absolutamente nueva. Cuando Jesús nos dice las cosas del cielo el horizonte de revelación de sus palabras se sumerge en el misterio de Dios, se hace especialmente profundo. Por eso las palabras de Jesús hay que acogerlas en la fe. Solo entonces el Hijo del hombre que bajó del cielo puede revelarnos las cosas del cielo.
Me parece que la clave para entender estas palabras de Jesús nos la ha dejado San Juan en el Prólogo de su Evangelio, especialmente en estas tres estrofas:
En el principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba con Dios
y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el principio con Dios...
Y la Palabra se hizo carne
y puso su Morada entre nosotros;
y hemos contemplado su gloria,
gloria que recibe del Padre
como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad...
A Dios nadie le ha visto jamás;
el Hijo Unigénito, que es Dios,
y está en el seno del Padre,
Él lo ha contado.
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