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El encuentro con la pecadora

Meditación sobre Lc 7,36-50 El relato que Lucas nos ha dejado del encuentro de Jesús con una mujer pecadora es conmovedor. El Espíritu Santo, con la colaboración de los Profetas, ha ido grabando en el corazón de esa mujer el sello del Israel fiel: la conciencia del propio pecado y la seguridad de que su Dios es grande en perdonar. Escuchemos el relato: Un fariseo le rogó que comiera con él, y entrando en la casa del fariseo se puso a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume y, estando detrás de Él, a sus pies, llorando, comenzó a bañar con lágrimas sus pies y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies y los ungía con el perfume.  Esta mujer conoce a Jesús; del modo que sólo el Espíritu Santo sabe esta mujer ha adquirido la certeza de que en Jesús de Nazaret ha venido al mundo la misericordia de Dios. Y va a su encuentro movida por el arrepentimiento de sus pe...
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Las mujeres de Galilea

Meditación sobre el Evangelio de San Lucas  Después de relatarnos el encuentro de Jesús con la pecadora arrepentida, San Lucas nos deja un breve resumen de la actividad del Señor: Y aconteció luego de esto que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Con Él iban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes. Qué tierra tan privilegiada es Galilea. En Galilea se encarnó el Hijo de Dios, allí vivió la Sagrada Familia tantos años, y en esa región comenzó Jesús a proclamar la Buena Nueva de Dios. Ninguna otra tierra en el mundo ha tenido una relación tan estrecha con Jesucristo. Los escrituristas que conocen bien esta región  consideran que ha dejado una huella profunda en Jesús, y que sus parábol...

Mujer, ahí tienes a tu hijo

  Meditación sobre Jn 19,25-30 Una vez que Jesús ha sido crucificado y los soldados se han repartido sus vestiduras, San Juan nos dice: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María mujer de Clopás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.  Desde el ya lejano día en el que el ángel Gabriel se presentó en Nazaret para anunciarle que Dios la había elegido para ser la Madre de su Hijo, María supo que llegaría esta hora. Ella, buena conocedora de las Escrituras de Israel, aceptó la maternidad divina consciente de lo que Dios le pedía.     Ha llegado la hora de ofrecer a su hijo Jesús al Padre; de llevar a perfección lo que, con su esposo José, realizó en el Templo de Jerusalén cuando el niño tenía pocas semanas de vida. En el Calvario viv...

Señor, enséñanos a orar

Meditación sobre Lc 11,1-4 Nos dice San Lucas: Y sucedió que hallándose Él orando en cierto lugar, así que acabó le dijo uno de los discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”.  Jesús reza solo; su relación con el Padre es única. Verle orar debía ser conmovedor. Para introducirnos en esa relación que tiene con su Padre ha venido el Hijo de Dios al mundo. Solo Jesús puede hacernos capaces de rezar como hijos de Dios. Él les dijo: “Cuando oréis, decid:  Padre,  santificado sea tu Nombre,  venga tu Reino. Danos cada día nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestros pecados,  porque también nosotros perdonamos  a todo el que nos debe; y no nos dejes caer en tentación”. “Cuando oréis, decid: Padre” . Jesús nos dice que tenemos que abrir nuestra oración llamando Padre a su Padre Dios. Solo Jesús puede llamar Padre a Dios en sentido propio, porque es su Hijo Unigénito, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre. Que...

Hacer lo que el Señor nos dice

Meditación sobre Lc 6,43–49 Llegamos al final del Discurso en el llano. El Señor nos va a revelar el misterio del corazón del hombre: “No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal.     El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal tesoro saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca”. El mensaje es claro. Aplicarlo a nuestra vida es sencillo. ¿Quién ha puesto lo bueno en el corazón de ese hombre para que pueda sacarlo? Dios Padre, porque solo Dios es bueno. Así se lo dijo Jesús a cierto hombre que le preguntó:  “Maestro bueno, ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios”. Solo Dios es bueno; y el hombre vive desde el corazón. El que abre su corazón a la bondad de Dios es un árbol que da ...

Perdonar de corazón

Meditación sobre Mt 18,21-35  En cierta ocasión se acercó Pedro a Jesús. Pedro se acercó entonces y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” Dícele Jesús: “No digo Yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. En la Escritura el número siete hace referencia a algo acabado y perfecto. Setenta veces siete significa: siempre. Jesús le está diciendo a Pedro: perdona sin límite.  La fórmula elegida por Jesús nos lleva al origen, al canto de Lámec, que encontramos en el libro del Génesis poco después de asesinato de Abel a manos de su hermano mayor Caín: Dijo, pues, Lámec a sus mujeres:  “Adá y Selá, oíd mi voz;  mujeres de Lámec,  dad oído a mis palabras.  Por una herida maté a un hombre,  y a un muchacho por un rasguño;  pues Caín será vengado siete veces,  Lámec lo será setenta veces siete” . Este terrible canto es expresión de la venganza, del rechazo radical del perdón, que ...

Tres parábolas del Reino

Meditación sobre Mt 13,44-53 Con la parábola del sembrador comienza la serie siete parábolas de Jesús sobre el Reino que Mateo ha agrupado en este capítulo de su Evangelio. Vamos a escuchar las tres últimas: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”.  Qué parábola tan sencilla y tan preciosa. El mensaje es bien sencillo: entrar en el Reino de los Cielos es el tesoro, el único y verdadero tesoro que el hombre puede conseguir en esta vida. Comparado con el Reino de los Cielos todo lo demás –éxito, riquezas, poder, placer, etc.– no vale nada. Y realmente no vale nada, porque lo que no sea llegar a pertenecer al Reino de los Cielos está marcado con el sello de la muerte eterna. Todo pasará.    De lo dicho se sigue que la única manera de conseguir el Reino de los Cielos es vender todo lo que se tiene para comprar...