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Tanto amó Dios al mundo

Meditación sobre Jn 3,13-21

Por el modo como Jesús se va a referir al acontecimiento de la serpiente de bronce (Nm 21,4-9), me parece que está hablando de la hora en la que será levantado en el madero de la Cruz:

“Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga la vida eterna”.

El que mira al Crucificado con la luz de la fe conocerá en Él al Hijo Unigénito de Dios, al Salvador. Y esta fe le abrirá las puertas de la vida eterna.

Ahora seguimos escuchando, teniendo como horizonte hermenéutico al Crucificado:

“Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios”.

Solo el Hijo Unigénito de Dios nos puede revelar que la razón de su bajada del cielo y de su ser levantado en la Cruz es el Amor que su Padre Dios nos tiene y su deseo de darnos la vida eterna. Este misterio solo podemos acogerlo por la fe en Jesucristo. La Cruz de Cristo es la medida del Amor que Dios nos tiene y el valor que nuestra salvación tiene a sus ojos.

   Permanecer en el Amor que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos tiene es lo único verdaderamente importante en nuestra vida. Lo que edifiquemos sobre ese Amor permanecerá para la eternidad; lo que arraiguemos en ese Amor dará frutos de vida eterna. Solo eso. Todo lo demás pasará.

   Crecer en nuestra condición de cristianos es acoger en la fe cada vez con más profundidad las palabras de Jesús y tener una conciencia cada vez más clara del Amor que nuestro Padre Dios nos tiene. Como todo esto es pura gracia de Dios lo que tenemos que hacer es pedirle al Señor una fe a la medida de sus palabras.

Ahora Jesús se va a detener en el misterio del Juicio.

“Y el juicio está en que vino la Luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios”.

Jesús nos ha dicho que Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo. Entonces, ¿quién nos juzga? Nos juzgamos a nosotros mismos: nuestra fe en Jesucristo nos juzga; la fe en el Amor de Dios nos juzga. Y ahora el Señor nos dice: tus obras te juzgan: nuestras obras nos pueden llevar a la Luz o alejarnos de ella; nos pueden hacer obrar la verdad; pueden ser obras que estén hechas según Dios.


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