Meditación sobre Jn 3,13-21
Después de las enseñanzas a Nicodemo, Jesús nos revela:
“Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga la vida eterna”.
Jesús es el Hijo del hombre que ha bajado del cielo y, una vez que termine la obra que Dios le ha encomendado realizar, subirá al cielo. La obra que su Padre le ha encomendado realizar es darnos la vida eterna. Dios obra por nuestra salvación. Siempre. Solo.
La historia de la serpiente del desierto se encuentra en el capítulo 21 del libro de los Números: el israelita mordido por una serpiente venenosa quedaba curado al mirar la serpiente de bronce que el Señor mandó a Moisés levantar en un mástil.
Jesús, el Hijo del hombre, será levantado en la Cruz, para que todo el que crea en Él tenga la vida eterna. Todo pecador que mire al Crucificado con la confianza de la fe conocerá en Él al Hijo Unigénito de Dios, al Salvador; y reconocerá sus pecados en las heridas de su cuerpo. Y esta fe le sanará de la mordedura de la serpiente y le abrirá las puertas de la vida eterna.
Con el horizonte de estas palabras de Jesús seguimos escuchando:
“Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios”.
Nuestra salvación. Esa es la razón última del obrar de la Santísima Trinidad. ¿Por qué nuestra vida eterna le importa tanto a Dios Padre? Por el Amor que nos tiene. No hay otra razón. La Cruz de Cristo es la medida del Amor que Dios nos tiene y el valor que nuestra salvación tiene a sus ojos. ¿Cómo puedo abrir mi corazón al Amor del Padre? Por la fe: creyendo en su Hijo Unigénito. No hay otro modo. La fe en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios nos juzga. No hay otra instancia de juicio.
Permanecer en el Amor que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos tiene es lo único verdaderamente importante en nuestra vida. Lo que edifiquemos sobre ese Amor permanecerá para la eternidad; lo que arraiguemos en ese Amor dará frutos de vida eterna. Solo eso. Todo lo demás pasará.
Crecer en nuestra condición de cristianos es acoger en la fe, cada vez con más profundidad, las palabras de Jesús, y tener una conciencia cada vez más clara del Amor que su Padre Dios nos tiene. Como todo esto es pura gracia de Dios lo que tenemos que hacer es pedirle al Señor una fe a la medida de sus palabras.
Jesús se va a detener en el misterio del Juicio.
“Y el juicio está en que vino la Luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios”.
Jesús nos ha dicho que Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo. Entonces, ¿quién nos juzga? Nos juzgamos a nosotros mismos; nuestra fe en Jesucristo nos juzga; la fe en el Amor de Dios nos juzga; y ahora el Señor nos dice: tus obras te juzgan. Nuestras obras nos pueden llevar a la luz; nos pueden hacer obrar la verdad; pueden ser obras que estén hechas según Dios. O no. Qué misterio tan asombroso.
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