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Dignos de Cristo

Meditación sobre Mt 10,32-42

El día que María y José llevaron a Jerusalén al Niño para presentarlo al Señor, el anciano Simeón fue

Templo movido por el Espíritu. Al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribía la Ley sobre Él, lo tomó en sus brazos y, después de bendecir a Dios y a los padres, le dijo a María, su madre (Lc 2,34s):

“Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada– , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones”.

Con este horizonte vamos a escuchar algunas de las instrucciones que Jesús dió a sus doce discípulos cuando los envió en misión apostólica.

“A todo el que me confiese delante de los hombres, también Yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también Yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

Jesús es signo de contradicción. Ante Él cada uno tiene que decidir si quiere confesarle delante los hombres o no. Sabiendo que si confesamos al Señor ante los hombres, el Hijo de Dios nos confesará delante de su Padre que está en los cielos. Jesús nos revela la dignidad que tenemos a los ojos de Dios.

   Para confesar a Jesús delante de los hombres tenemos que, movidos por la fe y el amor, guardar sus palabras: escucharlas, meditarlas en la oración, guardarlas en el corazón y vivirlas.

   Estas palabras de Jesús transforman nuestra vida: nuestra vida es tiempo que nos encamina al día en el que Jesús pueda confesarnos delante de su Padre que está en los cielos. Será el día verdaderamente glorioso de nuestra vida. Con la esperanza de llegar a ese día vivimos.

El Señor continúa:

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia casa”.

La referencia a las palabras que el Espíritu Santo inspiró a Simeón el día de la Presentación es clara. Y si Jesús está puesto por su Padre Dios como signo de contradicción en el ámbito de la familia, me parece evidente que lo mismo sucederá en cualquier otro ámbito. ¿Qué podemos hacer? Pues me parece que lo único que podemos hacer es ser cada vez más fieles a Cristo y rezar con constancia y con esperanza por la conversión de los que niegan a Cristo delante de los hombres.

Seguimos escuchando a Jesús. Lo que nos va a decir ahora llena el corazón de santo orgullo:

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y quien no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí”.

Tres veces nos dice Jesús que, en el designio de Dios, se contempla que lleguemos a ser dignos de su Hijo encarnado. Qué asombrosa dignidad tenemos a sus ojos. Jesús nos dice que para llegar a ser dignos de Él hay que amarlo más que al padre, a la madre, al hijo y a la hija. Así podremos arraigar esos amores, y todos los amores nobles, en el amor a Cristo; y esos amores se abrirán a la vida eterna. Nada se perderá. El amor a Jesús transforma la naturaleza de todos nuestros amores.

Jesús nos dice también que para llegar a ser dignos de Él –que es lo único verdaderamente importante en nuestra vida– tenemos que tomar nuestra cruz y seguirle.

   Cuando Jesús, en el Cenáculo, está a punto de encaminarse al encuentro con la Cruz, le dijo a sus discípulos (Jn 14,30s):

“Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada, pero el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal y como me ordenó”.

Si Jesús nos habla de tomar nuestra cruz y sigue tras Él, nos está diciendo que, para ser digno de Él, hay que hacerlo todo movido por el amor obediente a nuestro Padre Dios.

Ahora una sentencia poderosa:

“El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Si queremos que nuestra vida se abra a la eternidad, tenemos que vivir en relación con Jesucristo; y con nadie más. Toda otra relación está marcada con el sello de la muerte. Jesús está puesto como signo de contradicción. En estas palabras del Señor se entiende claramente lo que esa expresión significa.

Jesús termina sus instrucciones con unas palabras que revelan la inusitada dignidad de sus discípulos:

“Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa”.

Jesús es el Hijo de Dios. Solo Él conoce al Padre. Con estas palabras nos revela la íntima comunión entre su Padre, Él, y sus discípulos. Es como la comunión en el envío: el Padre ha enviado a su Hijo y el Hijo envía a sus apóstoles. El que recibe al apóstol recibe al Hijo, y el que recibe al Hijo recibe al Padre que le ha enviado. Asombroso misterio.

   Y Jesús nos revela la magnanimidad de su Padre Dios. Nada quedará sin recompensa. Y la recompensa dependerá de nuestro obrar: el que reciba al Hijo de Dios obtendrá la plenitud de la filiación divina para toda la eternidad.


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