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Dignos de Cristo

Meditación sobre Mt 10,32-42

Mateo abre el capítulo diciéndonos que Jesús, después de llamar a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias; luego los envió en misión apostólica.

   Las instrucciones que les dio llenan todo el capítulo. Lo primero que les dice es que no vayan a tierra de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; que se dirijan primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel; y que les prediquen que el Reino de los Cielos está al llegar. Nos centramos en las últimas instrucciones que Jesús les da:

“A todo el que me confiese delante de los hombres, también Yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también Yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

Jesús nos toma en serio. Y se comportará con nosotros como nosotros nos comportemos con Él. Si le confesamos, nos confesará; si le negamos, nos negará. La diferencia es que nosotros lo haremos delante de los hombres; Él lo hará delante de su Padre que está en los cielos.

   La cosa no puede estar más clara. La única pregunta es: ¿cómo podemos confesarlo delante de los hombres? La respuesta: viviendo como Él vivió; pasando por el mundo haciendo el bien, empleando el tiempo que Dios nos dé de vida para hacer el bien. En último extremo nos juzgamos a nosotros mismos.

   Estas palabras de Jesús transforman el tiempo y la vida ordinaria. No hay nada sin importancia en nuestra vida; todo es importante porque todo es ocasión para confesar a Jesucristo delante de los hombres. El tiempo adquiere un valor inusitado.

La siguiente instrucción hace referencia a la paz. En el Cenáculo, a punto de encaminarse al encuentro con la Cruz, Jesús nos dice:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”.

La paz a la que ahora se va a referir es la paz que da el mundo:

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia casa”.

Jesús viene a traer espada, porque su presencia pide una decisión, y esa decisión encuentra con frecuencia férrea oposición. Nos lo anunció el anciano Simeón cuando, el día de la Presentación, dijo a María:

“Mira, este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, (...) a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.

Jesús, sin querer las discordias, las provoca necesariamente por las exigencias de la elección que impone. Pero esas discordias, sobre todo en el ámbito familiar, abren un amplio espacio para vivir el mandamiento de Jesús de amar a todos con el amor con el que Él nos ama.

Seguimos escuchando al Señor. Lo que nos va a decir llena el corazón de santo orgullo:

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y quien no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Tres veces nos dice Jesús que, en el designio de Dios, se contempla que lleguemos a ser dignos de Él. Qué asombrosa dignidad tenemos a los ojos de Dios.

   Y Jesús nos dice que el modo de llegar a ser dignos de Él es amarle más que a nadie. Así podremos arraigar en su amor todos nuestros amores nobles; y esos amores se abrirán a la vida eterna. Nada se perderá.

   Y nos dice también que para ser dignos de Él hay que seguirle por el camino del amor obediente y humilde a su Padre Dios, que eso es cargar con la propia cruz. Así nuestra vida queda configurada con la Cruz de Cristo.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, nos dice:

Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,

Los hombres podemos cooperar con los planes de Dios participando en el sufrimiento redentor de Jesús. El cristiano debe conformarse con la Pasión y Muerte de Cristo. Así, todo lo que va llenando la jornada es perder la vida por Él. En la segunda Carta a los Corintios, el Apóstol nos dice:

Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

La vida del cristiano es testimonio del Señor Crucificado y Resucitado. Es perder la vida por Cristo para encontrarla en Cristo.

Jesús termina sus instrucciones con unas palabras que revelan la inusitada dignidad de sus discípulos:

“Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa”.

Jesús es el Hijo de Dios. Solo Él conoce al Padre. Solo Él nos lo puede revelar. Con estas palabras nos revela la íntima comunión entre su Padre, Él y sus discípulos. Es como la comunión en el envío: el Padre ha enviado a su Hijo y el Hijo envía a sus apóstoles. El que recibe al apóstol recibe al Hijo y recibe al Padre. Asombroso misterio.

   Y Jesús nos revela la magnanimidad de su Padre Dios. Nada quedará sin recompensa. Y la recompensa dependerá de la magnanimidad de nuestro obrar.

Escuchas a Jesucristo y brota en el corazón el deseo de pedirle al Espíritu Santo que nos guíe por el camino que los mandamientos de Jesús abren en nuestra vida.


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