Meditación sobre Jn 8,31-36
Jesús está enseñando en el Templo. Lo que nos va a revelar en unas pocas palabras es completamente asombroso:
Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en Él: “Si permanecéis en mi Palabra seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.
Ellos le respondieron: “Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: «Seréis libres»?”
Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres”.
Jesús habla de la libertad que solo Él, el Hijo, puede darnos: es la libertad de la gloria de los hijos de Dios: la libertad que nos hace verdaderamente libres, nos libera de la esclavitud del pecado y nos abre las puertas de la Casa del Padre para siempre. Para darnos esa libertad ha venido el Hijo de Dios al mundo.
Jesús nos revela también cómo se llega a poseer esa libertad que Él nos da. Todo empieza con la fe: la fe en Cristo nos hace capaces de acoger su Palabra y permanecer en ella, de llegar a ser verdaderamente sus discípulos y de conocer la verdad que nos hará verdaderamente libres.
Ahora procede preguntar: ¿Qué verdad es esa que solo el Hijo nos puede revelar? Esa verdad es el amor que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos tiene. El Hijo, al final de la oración en el Cenáculo, lo expresa así:
“Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero Yo te he conocido y éstos han conocido que Tú me has enviado.Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos”.
El Hijo nos dice que la verdad que nos hace libres es que su Padre Dios nos ama con el amor con el que le ha amado a Él antes de la creación del mundo. Para traernos ese amor el Padre nos ha enviado a su Hijo Unigénito.
No puede haber verdadera libertad fuera del amor con el que el Padre ama al Hijo –que es el amor con el que Jesús nos ama a nosotros–. Fuera de ese amor todo está marcado con el sello de la muerte y, si la última palabra la tiene la muerte, hablar de libertad es una bobada. La libertad, o se abre a la eternidad o es una palabra vacía.
Jesús, como siempre, nos habla en el horizonte escatológico; en el horizonte en el que hay que elegir entre el pecado y la vida eterna. Para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de la gloria de los hijos de Dios ha venido el Hijo de Dios al mundo. Y Cristo Jesús nos hará realmente libres al precio de su Sangre. Qué valor debe de tener nuestra libertad a los ojos de Dios. Realmente el cristianismo es la religión de la libertad.
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