Meditación sobre Mc 3,13-21
Los tesoros muertos del Antiguo Testamento, los títulos que aparecen en las Escrituras de Israel y que habían envejecido incumplidos, todo vuelve tener una nueva vida con Jesús de Nazaret. Todo encuentra en Jesucristo su cumplimiento, su verdadero sentido y una absoluta novedad. Las riquezas del pueblo de Dios que seguían activas adquieren nueva vida: el Mesías, el Espíritu, el Templo de Jerusalén, la Sinagoga, los Salmos, los Profetas, las grandes fiestas religiosas y tantas otras cosas.
Cristo Jesús tomó las Escrituras de Israel entre sus manos y las llenó de sí mismo: con sus palabras y sus milagros; con los misterios de su Encarnación, de su Pasión y de su Glorificación; y de tantos otros modos. Y eligió a los Doce Apóstoles para llevar su esta obra al mundo entero:
Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.
El relato no nos dice a qué monte subió Jesús. Quizá el evangelista quiera subrayar que el monte, sea el que sea, es el lugar propio en la Escritura para el encuentro con Dios. Lucas abre el relato paralelo diciendo: «Sucedió que por aquellos días se fue Él al monte a orar, y pasó la noche en la oración de Dios». Jesús sube al monte a identificar su voluntad con la de su Padre en una hora decisiva para la vida de su Iglesia. Lo que va a suceder a continuación brota de la oración de Jesús –como todo en la vida del Señor–.
Jesús llamó a los que quiso. Todos, también Judas Iscariote, han sido llamados porque Él así lo ha querido. Y con la vocación, el Señor les dió la gracia necesaria para que vinieran donde Él y para que estuvieran con Él, para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Los llamados respondieron libremente. Y Jesús instituyó a los Doce. El evangelista nos da los nombres. Muy significativo que Simón sea el primer nombrado y que Jesús le cambie el nombre.
A partir de hoy el Señor se va a dedicar de modo especial a ellos; para formarlos y a introducirlos en el misterio del Reino de Dios. Los Doce van a ser testigos de todo lo que Jesucristo hace y de todo lo que dice y, cuando llegue la hora, serán enviados –con el poder del Espíritu Santo– a predicar el Evangelio de Jesucristo al mundo.
Cuando el evangelista nos da la lista de los doce el último de los llamados es Judas Iscariote, del que Marcos añade: «el mismo que le entregó». ¿Por qué lo añade? La elección de Judas me parece un misterio incomprensible. Quizá el propósito de Marcos es grabar el sello de la muerte y resurrección de Cristo en la institución del Colegio de los Doce. Dejar claro que no es una decisión que Jesús toma por motivos de organización de su Iglesia, sino que es una realidad inseparable de la Redención que va a realizar con su entrega y, por eso, de la misión de la Iglesia de llevar su Redención a todos los rincones de la tierra, de dar testimonio de su muerte y resurrección.
Jesús ha constituido realmente a los Doce en colegio especial, asociado a su persona; ha puesto los fundamentos de su Iglesia como sociedad visible y jerárquica, encargada de llevar a cumplimiento su obra en el mundo.
Con Jesús, el Mesías de Israel, llega la hora del cumplimiento de la esperanza mesiánica del Israel de los Patriarcas. Me parece que la importancia del Colegio de los Doce en la vida de la Iglesia y su relación con Israel está admirablemente expresada en la visión de la Jerusalén celestial del libro del Apocalipsis:
Entonces vino uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y me habló diciendo: “Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero”. Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas. La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero”.
Qué descripción tan preciosa. Qué importancia tienen los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel y los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. Pero entre estos nombres ya no aparece Judas Iscariote. Tal como nos relata el primer capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles le ha sustituído Matías, que fue agregado al número de los Doce justo antes del día de Pentecostés.
Después de la elección de los Doce, Jesús vuelve con sus discípulos a Cafarnaúm. Enseguida van a conocer la vida de trabajo que les espera:
Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: “Está fuera de sí”.
Cuando se disponía a curar a un ciego de nacimiento para manifestar en él las obras de Dios, Jesús comentó a sus discípulos:
“Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”.
Esa será la vida de los Apóstoles de Jesucristo y de los que les seguirán a lo largo de los siglos: trabajar en las obras de Dios Padre, que ha enviado a Cristo Jesús, llevar la luz que es Jesucristo a todos los rincones del mundo.
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