Meditación sobre Rom 8,28-39
El Apóstol va a cerrar este admirable capítulo de su Carta con un himno al Amor de Dios. Pero antes traza una síntesis del plan de salvación dispuesto y actuado por Dios:
Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Porque a los que de antemano conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó.
Qué comienzo tan precioso. La clave de la vida es amar a Dios, que es corresponder al Amor de Dios. Todo lo que el Apóstol va a decir es cómo interviene Dios para bien de los que le aman. La finalidad del obrar del Padre es nuestra plena conformidad con la imagen de su Hijo, el primogénito entre muchos hermanos, lo que tendrá lugar con la glorificación de los que aman a Dios. La vida cristiana es un largo camino desde el Bautismo hasta la plena conformidad a la imagen de Jesús. Ese camino pasa por el ser llamados, ser conocidos, ser predestinados, ser justificados y, por último, ser glorificados por Dios. La glorificación, último acto del plan salvífico de Dios, se considera ya un hecho cumplido porque está anticipada y garantizada por la resurrección de Jesucristo.
El himno al Amor de Dios brota del deslumbramiento ante el plan de Dios:
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿acaso Cristo Jesús, el que murió, más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros?
Estamos en el corazón del cristianismo. Dios está por nosotros, y lo está hasta el extremo de darnos a su propio Hijo. Y nos dará con Él todas las cosas; también el perdón y la santificación. Ante este misterio de Amor de la Santísima Trinidad, ya nadie podrá acusarnos ni condenarnos. En último estreno todo lo que tenemos que hacer es pedir perdón a Dios de corazón. El Apóstol no puede expresar con más fuerza el amor que Dios nos tiene y la seguridad que le da ese amor. Qué precioso lo que dice acerca de Cristo Jesús, el Crucificado y Resucitado, que está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros.
El Apóstol saca las consecuencias:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quizá la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Como dice la Escritura:
Por tu causa somos llevados a la muerte todo el día,
tratados como ovejas destinadas al matadero.
Pero en todo esto salimos plenamente vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni las cosas presentes ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del Amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.
San Pablo comienza con un pregunta que hace referencia al amor que Cristo nos tiene y a la conciencia que tenemos de ese amor y, después de recorrer toda la creación, responde con una afirmación que es la clave de esta admirable página y de todo el cristianismo: nada ni nadie podrá separarnos del Amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.
De este Amor solo podemos separarnos nosotros mismos. Es el terrible misterio del pecado y de la libertad personal. Por eso le pedimos al Padre en el Padrenuestro que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal; este es el mal. Y por eso Jesús, en la hora dramática de Getsemaní, cuando experimentó de un modo especial este misterio, le dijo a Pedro:
“Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.
Caer en la tentación es separarse del Amor de Dios que está en Cristo Jesús. Por eso tenemos que pedirle al Espíritu de Dios, que es quien guía a los que somos hijos de Dios, que nos lleve siempre por caminos de vigilia y oración. Para que salgamos siempre plenamente vencedores gracias a Aquel que nos amó.
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