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Alégrate, llena de gracia

Meditación sobre Lc 1,26-31

Cuando, después del pecado del origen, Dios se encuentra con la mujer, le pregunta: ¿Por qué lo has hecho? Estas palabras expresan la tristeza de Dios, que sabe que lo que Eva ha hecho va a convertir la historia en un gigantesco río de lágrimas. El dolor que llena el corazón de Dios le lleva a compadecerse de nosotros; y la compasión de Dios pone en marcha la Redención. La etapa que se inició con la mirada llena de tristeza a Eva, va a culminar con la palabra que, por medio del ángel Gabriel, Dios dirige a María: Alégrate, llena de gracia: el Señor es contigo Esta palabra expresa la alegría de Dios. San Lucas lo cuenta así:

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: “Alégrate, llena de gracia: el Señor es contigo”.

El saludo del ángel no es convencional. Invita a María a la alegría porque ella es la hija de Sión visitada por su Señor. El profeta Sofonías lo había expresado de un modo admirable:

¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión,

lanza clamores, Israel,

alégrate y exulta de todo corazón,

hija de Jerusalén!

Ha retirado Yahveh las sentencias contra ti,

ha alejado a tu enemigo.

¡Yahveh, Rey de Israel, está en medio de ti,

no temerás ya ningún mal!

Aquel día se dirá a Jerusalén:

¡No tengas miedo, Sión,

no desmayen tus manos!

Yahveh tu Dios está en medio de ti,

¡Un poderoso salvador!

Él exulta de gozo por ti,

te renueva por su amor;

danza por ti con gritos de júbilo.

María no es llamada con su nombre propio, sino: «llena de gracia», es decir, «colmada de gracia de parte de Dios». Es un nombre nuevo que expresa la plenitud del amor con que es amada por Dios.

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

María ha hallado gracia delante de Dios. Dios la mira con agrado, se alegra en mirarla; encuentra a María graciosa, agraciada. En esta mirada de Dios está el misterio de la Maternidad divina de María.

Con los años de convivencia con su Hijo Jesús la alegría de María crecerá, pero lo hará acrisolada por el dolor: la vida de la Familia de Nazaret estará siempre bajo la sombra de la Cruz del Hijo. Hasta que llegue la hora del Calvario. Allí, junto a la Cruz de su Hijo, sumergida en un dolor que no podemos comprender, la Madre de Jesús oirá resonar de un modo nuevo el: Alégrate, llena de gracia. Su Hijo nos la va a dar por Madre:

Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Y María tendrá ahora la enorme alegría de cuidar de nosotros, de colaborar con el Espíritu Santo para que la Sangre de su Hijo no se haya derramado en vano. Y si acogemos a la Madre de Jesús, traerá a nuestra vida la alegría que recibe de Dios. Y esta alegría pondrá su sello en todo lo nuestro.

Pero la alegría de María está destinada a la plenitud en la Gloria. Así nos lo revela Jesús cuando, en la oración en el Cenáculo, Jesús pide con fuerza a su Padre:

Padre, los que Tú me has dado, quiero que donde Yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo.

Para Jesús todos somos un don que su Padre le ha hecho, pero el don por excelencia es su Madre. Por eso en esta oración Jesús expresa, de modo eminente, el deseo de tener a su Madre junto a Él. Jesús quiere que su Madre, que le ha contemplado en el pesebre de Belén, en el taller de Nazaret, y clavado en la Cruz en el Calvario, lo contemple en la plenitud de su gloria. Jesús quiere que los ojos de María, esos ojos de Madre que han visto como el odio de Satanás y del mundo se cebaba en su Hijo, vean ahora resplandecer el amor con el que el Padre le ama. Y Dios Padre escucha la oración de su Hijo. La Asunción de María es la respuesta de Dios a la petición de su Hijo. Así el Alégrate, llena de gracia llega a plenitud, a la plenitud que sólo pueden llegar las palabras de Dios.


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