Meditación sobre Jn 6,48-59
Estamos en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús nos está revelando el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son ahora de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado:
“Yo soy el Pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que Yo le voy a dar es mi carne, para la vida del mundo”.
Qué palabras tan concisas y poderosas. Con ligeras variaciones Jesús nos dice que Él es el Pan de vida, el Pan vivo bajado del cielo; y que el que coma de ese pan, que es su carne, vivirá para siempre.
Jesús se centra en la finalidad del obrar de la Santísima Trinidad, que es darnos la vida, la vida plena, la vida eterna. Es la vida que el Hijo recibe del Padre y nos va a dar en la Eucaristía; porque Él es el pan vivo bajado del cielo para que quien lo coma no muera.
Seguimos escuchándole:
Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida; el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él.
Como me envió el Padre que vive, y Yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre”.
Qué revelación tan asombrosa. Jesús nos invita, una y otra vez, a comer su carne y beber su sangre. Y nos dice que el que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna desde ahora y que Él lo resucitará el último día. La única palabra importante en nuestra vida es la que Jesús nos dice: “y Yo lo resucitaré el último día”. Ese último día, cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos gloriosos con Él. Eso es lo que da sentido y valor a todas las fatigas de la vida.
Jesús insiste en que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; de ese misterio se sigue el: “permanece en mí, y Yo en él”. Permanecer, mantenerse firme. A diferencia de la inestabilidad y transitoriedad de todo lo terreno y humano, lo característico de Jesucristo es permanecer. Dándonos a comer su carne y a beber su sangre, Cristo nos introduce en una nueva vida. Así podemos permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros.
La Eucaristía comunica a los fieles la vida que el Hijo recibe del Padre. El Hijo ha sido enviado por el Padre para traernos la vida que Él le da. Jesús vive por el Padre: vive desde el Padre y vive para llevar a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. Del mismo modo el que lo coma vivirá de Cristo y vivirá para llevar a cabo la misión que el Señor le encomiende.
Jesús termina estableciendo la diferencia radical entre el pan bajado del cielo y el que comieron los padres de los judíos que le escuchan. El que coma el pan que es Él vivirá para siempre.
San Juan, testigo presencial de todo lo que nos ha contado, concluye:
Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.
El Señor termina su enseñanza. Ha sido una profunda revelación del amor de Dios por nosotros y de su designio de introducirnos en la comunión de vida con su Hijo y, así, darnos la vida eterna, la vida de hijos de Dios. Enseguida el evangelista nos contará la reacción de los que estaban en la sinagoga de Cafarnaún.
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