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La obra de Dios

Meditación sobre Jn 6,22-35

Con cinco panes de cebada y dos peces, que reparte después de rezar la acción de gracias, Jesús ha alimentado a una enorme muchedumbre. Es el signo del pan, el signo de que con Jesús ha venido al mundo la vida que se abre a la eternidad, el signo de la Eucaristía. El evangelista nos dice lo que sucedió al día siguiente:

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarlo a la orilla del mar, le dijeron: “Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”

Como siempre Jesús va a lo esencial:

Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello”. Ellos le dijeron: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?” Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado”.

Los mandamientos de Jesús son consejos. Aquí nos aconseja que obremos por el alimento que permanece para vida eterna, el que Él, el Ungido de Dios, nos dará. Estos hombres entienden que Jesús les está diciendo que obren las obras de Dios, obras que Dios acoge y, por eso, se abren a la vida eterna. Y Jesús les dice que, para eso, lo que hay que hacer es dejar obrar a Dios. Solo Él nos puede revelar que la obra de Dios es que creamos en quien Él ha enviado.

   La obra de Dios, nos dice Jesús, tiene dos momentos: nos envía a su Hijo y nos lleva a la fe en Jesús, su Hijo hecho hombre. Solo el Padre puede enviarnos a su Hijo y solo el Padre puede llevarnos a creer que el Niño de Belén, el carpintero de Nazaret y el Crucificado en el Calvario es su Hijo Unigénito. La fe en Cristo Jesús es la obra de Dios en nuestra alma.

   Lo que a nosotros nos toca es dejar obrar a Dios: despojarnos de todo lo que obstaculice el obrar de Dios en nuestra alma y revestirnos de todo lo que lo facilite: la oración y los Sacramentos, la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria y la lucha ascética.

   Si acogemos la obra de Dios, si nos dejamos llevar a la fe en quien Él ha enviado, todo nuestro obrar queda transformado: ahora todo es obrar las obras de Dios, obras que se abren a la vida eterna. Y nuestra vida queda profundamente transformada; podemos aspirar a comportarnos como nos dice San Pablo en la Carta a los Colosenses:

Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.

Estos hombres saben que Jesús está hablando de Él, pero no han visto un signo decisivo en la multiplicación de los panes. Por eso piden otro y sacan a colación el maná:

Ellos entonces le dijeron: “¿Qué señal haces tú para que la veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: «Pan del cielo les dio a comer»”. Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del Cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Jesús nos ha revelado que la obra de Dios es que creamos en quien Él ha enviado. Ahora nos revela que es también obra de su Padre el darnos el verdadero pan del Cielo. El maná fue un tipo; un tipo que estaba esperando su cumplimiento. Jesús se revela como el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo.

Y ahora, ante la petición de estas personas, la solemne revelación que Jesús nos deja:

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”.

El misterio de la Eucaristía. Jesús va a seguir profundizando en este misterio en la larga enseñanza de la sinagoga de Cafarnaúm, pero aquí está ya lo esencial.

   Creer en Jesucristo es creer en su palabra: es acoger su palabra en la fe y dejar que nos transforme; dejar que las palabras de Jesús nos dilaten la vida y nos la enriquezcan de un modo humanamente inimaginable. Basta pensar en lo que es acoger esta última palabra de Jesús y tener la experiencia personal de la vida Eucarística.


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