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La obra de Dios

Meditación sobre Jn 6,22-33

Con cinco panes de cebada y dos peces, que reparte después de rezar la acción de gracias, Jesús ha alimentado a una enorme muchedumbre. Es el signo del pan, el signo de la Eucaristía, el signo de que Jesús ha traído al mundo la vida que recibe del Padre. El evangelista nos dice lo que sucedió al día siguiente:

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarlo a la orilla del mar, le dijeron: “Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”

Jesús va a lo esencial:

Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello”. Ellos le dijeron: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?” Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado”.

Esta gente no ha comprendido el verdadero significado de la multiplicación de los panes y de los peces, no ha visto el poderoso signo que Jesús ha realizado. Jesús va a intentar revelarles lo que el signo del pan contiene. Empieza aconsejándoles obrar por el alimento que permanece para vida eterna; y les revela que solo Él, el Hijo del hombre al que Dios Padre ha confirmado con su sello, puede dárselo

   Estos hombres entienden que Jesús les está hablando de un alimento espiritual, una obra divina, y le piden el secreto de ese obrar. El Señor les revela ese secreto: que dejen obrar a Dios en ellos. Y les revela también que la obra de Dios tiene dos momentos: primero nos envía a su Hijo, y luego nos lleva a creer en quien nos ha enviado. La fe en Cristo Jesús es la obra de Dios en nuestra alma. Solo el Padre nos puede llevar a conocer en Jesús de Nazaret, el hijo de María, a su Hijo Unigénito.

   Lo que a nosotros nos toca es dejar obrar a Dios: despojarnos de todo lo que obstaculice el obrar de Dios en nuestro corazón y revestirnos de todo lo que lo facilite. Si acogemos la obra de Dios, si nos dejamos llevar a la fe en quien Él ha enviado, todo nuestro obrar queda transformado: desde esa hora todo es obrar las obras de Dios, obras que se abren a la vida eterna. Nuestra vida queda profundamente renovada.

Jesús va a profundizar la revelación:

Ellos entonces le dijeron: “¿Qué señal haces tú para que la veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: «Pan del cielo les dio a comer»”.

   Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del Cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Jesús nos ha revelado que la obra de Dios es que creamos en quien Él ha enviado. Ahora nos revela que es también obra de su Padre el darnos el verdadero pan del Cielo. El maná fue un tipo; un tipo que estaba esperando su cumplimiento, que es Jesús. Es su Padre el que nos da el verdadero pan del Cielo. Jesús se revela como el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo. Qué revelación tan gozosa.

   Creer en Jesucristo es creer en su Palabra: es acoger su Palabra en la fe y dejar que nos transforme; dejar que las palabras de Jesús –verdadero pan de Dios– nos alimenten el corazón, nos dilaten la vida y la enriquezcan de un modo humanamente inimaginable.


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