Meditación sobre Jn 6,34-50
Estamos en Cafarnaúm. Jesús nos ha revelado que el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo. Los que le escuchan le piden:
Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Jesús nos revela:
Les dijo Jesús: “Yo soy el Pan de vida; el que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis”.
Qué revelación tan poderosa es ese «Yo, soy». Jesús afirma ser la salvación que todo hombre, lo sepa o no, va buscando. Y nos asegura que solo Él puede saciar el hambre y la sed de vida plena y eterna que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Para eso ha venido al mundo. El que vaya a Él no tendrá hambre y el que crea en Él no tendrá nunca sed. Pero es necesaria la fe. Las palabras de Jesús solo se pueden acoger con la sabiduría de la fe.
El Señor continúa su profunda revelación:
“Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que Yo lo resucite el último día”.
A Jesús tenemos que ir llevados por el Padre: somos un don que el Padre ha hecho a su Hijo. El cristianismo se contiene en una palabra de tres letras: «don». El Hijo es un don que el Padre nos ha dado y nosotros somos un don que el Padre hace a su Hijo. Y todo para darnos la vida eterna –siempre la vida–, para que Jesucristo nos resucite el último día. Lo que nos dice Jesús sobre la voluntad de su Padre es admirable. Solo Él nos lo puede revelar porque sólo el Hijo conoce al Padre. Admirable también es lo que nos dice sobre su propia voluntad.
La reacción de los judíos:
Los judíos murmuraban de Él porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?
Los judíos ponen condiciones a Dios; no le dejan completa libertad para que obre según su voluntad. Ese es siempre el problema. No están dispuestos a aceptar una salvación que les llega a través de un hombre bien conocido. La Humanidad de Jesucristo es la piedra de escándalo. Siempre ha sido así. Siempre será así. Solo en la fe –siempre la fe– se puede pasar desde: Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos, hasta el horizonte de salvación que las palabras del Señor nos revelan.
Jesús continúa dejándonos una revelación de importancia extrema:
Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los Profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna”.
Jesús insiste en que la clave es dejarse llevar por el Padre al encuentro con Él; y dejarnos llevar por el Hijo hasta ese último día en el que nos resucitará. La clave es dejarse enseñar por Dios: escuchar al Padre y aprender. El Padre nos llevará a conocer en Jesús de Nazaret a su Hijo Unigénito; y nos llevará a creer en el que Él nos ha enviado. Esta fe, que es la obra de Dios en nuestra alma, es la puerta que se abre a la vida eterna. Por eso la declaración solemne con la que cierra este parlamento: solo el que cree en Cristo Jesús tiene vida eterna.
Jesús está hablando como el Hijo Encarnado, como el único que ha venido de Dios y ha visto al Padre. Está hablando para todo hombre. Solo Él puede hacerlo. Toda persona, sin excepción ninguna, puede dejar obrar a Dios en él, conocer y obedecer la voluntad de Dios, escuchar al Padre y aprender de Él, dejarse llevar a la fe en Jesucristo para que el Señor lo resucite en el último día. ¿Cómo? Eso solo lo sabe Dios. Ése es el secreto más íntimo del corazón del hombre. Siempre que escuchamos a Jesús sus palabras nos ponen ante la opción radical de nuestra libertad.
Jesús termina haciendo una especie de resumen de todo lo que nos ha dicho hasta ahora:
“Yo soy el Pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera”.
En la próxima meditación escucharemos a Jesús llevarnos hasta la plenitud de la revelación sobre este misterio.
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