Meditación sobre Jn 6,32-47
Estamos en la sinagoga de Cafarnaúm. Los judíos le hablan a Jesús del maná, el pan enviado por Dios a los israelitas durante los años que estos deambularon por el desierto, y el Señor se sirve de ese pan, que tanta importancia tiene en las Escrituras de Israel, para irlos introduciendo en el misterio de la Eucaristía;
“En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Poderosa revelación. Solo el Padre puede darnos el pan de Dios, el pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Enseguida Jesús nos va a decir que Él es ese pan.
Les dijo Jesús: “Yo soy el Pan de vida; el que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que Yo lo resucite el último día”.
Jesús nos revela que Él es el Pan de vida; que solo Él puede saciar el hambre y la sed de vida plena y eterna que Dios ha puesto en el corazón del hombre. El que vaya a Él no tendrá hambre y el que crea en Él no tendrá nunca sed. Jesús nos revela que somos un don que el Padre le ha hecho; por eso no nos echará fuera.
Jesús ha bajado del cielo para hacer la voluntad de su Padre. Y nos revela que la voluntad de su Padre es que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna; y que Él lo resucite el último día. Qué designio tan admirable tiene Dios para nosotros. Y qué importancia tiene nuestra fe.
La reacción de los judíos:
Los judíos murmuraban de Él porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: «He bajado del cielo»?”
La Humanidad de Jesucristo es la piedra de escándalo. Siempre ha sido así. Siempre será así. Solo en la fe se puede pasar desde las palabras de Jesús al «hijo de José, cuyo padre y madre conocemos».
Jesús nos va a dejar una revelación de importancia extrema:
Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los Profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna”.
La clave es dejarse llevar por el Padre al encuentro con su Hijo. No poner obstáculos. La clave es dejarse enseñar por Dios: escuchar al Padre y aprender. Y el Padre nos llevará a conocer en Jesús de Nazaret a su Hijo Unigénito; y nos llevará a creer en el que Él nos ha enviado. Esta fe, que es la obra de Dios en nuestra alma, es la puerta que se abre a la vida eterna.
Jesús está hablando como el Hijo Encarnado, como el único que ha venido de Dios y ha visto al Padre. Está hablando para todo hombre. Solo Él puede hacerlo. Toda persona, sin excepción ninguna, puede dejar obrar a Dios en él, conocer y obedecer la voluntad de Dios, escuchar al Padre y aprender de Él para dejarse llevar a la fe en Jesucristo y que el Señor lo resucite en el último día. ¿Cómo? Eso solo lo sabe Dios. Ése es el secreto más íntimo del corazón del hombre. Siempre que escuchamos a Jesús sus palabras nos ponen ante la opción radical de nuestra libertad.
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