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Una parábola de Jesús

 Meditación sobre Lc 6,39–42

Jesús está hablando a una gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades.

Escuchemos al Señor:

Les añadió una parábola: “¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”

En el cristianismo me parece que la pretensión de guiar a un ciego solo puede ser una: ayudarle a recorrer el camino que va al Padre.

   Jesús, en el Cenáculo, anunció a sus discípulos que tenía que ir a prepararles un lugar en la Casa de su Padre. Tomás le pregunta sobre el camino. Jesús le dice:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Para ayudar a alguien a recorrer el camino que va al Padre, para no ser un ciego que guía a otro ciego, hay que conocer cada vez con más profundidad el Camino que es Jesucristo. Hay que escuchar sus palabras, meditarlas continuamente en la oración con la ayuda del Espíritu Santo y vivirlas. Entonces seremos una verdadera ayuda. No es extraño que Jesús nos insista tantas veces en la necesidad de guardar sus palabras. Así podremos ser de verdad pastores de nuestros hermanos.

Jesús sigue enseñándonos con su parábola:

“No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro”.

En el cristianismo la clave es preguntarse, primero,  sobre qué es lo que un maestro tiene que enseñarme. San Lucas nos dice que Jesús empezó la oración en el Cenáculo alzando los ojos al cielo y diciendo: 

“Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que Tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo”.

El maestro tiene que enseñarnos a conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que el Padre ha enviado, Jesucristo. ¿Quién puede enseñarnos ese conocer que es la vida eterna? A mí me parece que los maestros por excelencia son los evangelistas –especialmente San Juan– y San Pablo. Tenemos que poner los medios –el estudio es clave–para llegar a estar bien formados, para parecernos cada vez más a nuestros maestros.

Jesús continúa con su revelación:

“¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano”.

Jesús no es un profesor de ética. Jesús es el Redentor. Sus palabras adquieren sentido en el horizonte escatológico. La imagen de la viga en el propio ojo, que tiene tanta fuerza plástica, hay que entenderla a la luz de la situación concreta de cada hombre, en el horizonte del juicio ante Dios al que todos nos encaminamos. San Pablo lo entendió perfectamente; así nos lo dice en la Carta a los Romanos:

Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos.

   Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, pues dice la Escritura: ¡Por mi vida!, dice el Señor, que toda rodilla se doblará ante mí, y toda lengua bendecirá a Dios. Así pues, cada uno de vosotros dará cuenta de sí mismo a Dios. Dejemos, por tanto, de juzgarnos los unos a los otros.

Lo único importante en nuestra vida es la cuenta que daremos a Dios de si hemos vivido para el Señor o para nosotros mismos. La comparecencia ante el tribunal de Dios es lo que nos debe interesar.


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