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La cuestión del tributo

Meditación sobre Mc 12,13-17

Estamos en Jerusalén. San Marcos ya nos ha dicho que, tiempo atrás, en Galilea, con ocasión de una curación en sábado en una sinagoga, en cuanto salieron los fariseos se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarlo. Ahora faltan pocos días para la Pasión. La trampa está a punto de cerrarse.

Una vez más Jesús va a tomar pie de una pregunta que le hacen algunos fariseos y herodianos –enviados por las autoridades del Sanedrín– para dejarnos una enseñanza de una importancia extrema para la historia de la humanidad. El horizonte hermenéutico para comprender esta revelación de Jesús está formado por sus años de trabajo en el taller de Nazaret y el encuentro que tendrá días después con Pilato en la Pasión.

Le enviaron algunos de los fariseos y herodianos para hacerle caer en una trampa. Llegados, le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero, que no te da cuidado de nadie, pues no tienes respetos humanos, sino que enseñas según la verdad el camino de Dios: ¿Se puede pagar el tributo al César, o no? ¿Lo pagamos o no lo pagamos?” Él, conociendo su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea”. Ellos se lo trajeron. Y les dijo: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Ellos dijeron: “Del César”. Jesús replicó: “Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Y se admiraron de Él.

Qué gran día aquel en el que resonaron en el mundo estas palabras de Jesús. Son palabras que abren una nueva historia. Despojando al Estado de la pretensión de totalidad, diferenciando el ámbito de la fe del ámbito de la política, Jesús ha dado al hombre el derecho a la relación personal con Dios; y que esta relación tenga la última palabra en los temas verdaderamente importantes de su vida.

   Esta palabra de Jesús es la espada del espíritu que el Hijo de Dios ha traído al mundo y que traza definitivamente la frontera entre religión y política. Es lo que Jesús reveló a la samaritana:

“Créeme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Llega la hora –ya estamos en ella– en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y verdad”.

Con la aparición del cristianismo se hace posible la libertad de conciencia y la tolerancia religiosa.

Estas palabras de Jesús crean el hábitat de la libertad de la persona humana. Fuera de estas palabras la religión está sometida al poder político y, por eso, no puede darse la libertad de conciencia. Y sin libertad de conciencia no existe la libertad de la persona. La primera dimensión de la libertad del hombre, y fundamento de toda otra libertad, es la libertad de vivir obedeciendo la voluntad de Dios. Sin esta libertad el discurso sobre valores, derechos humanos y cosas similares, no es más que un conjunto de milongas que el poder utiliza para manipular a las gentes. Por eso estas palabras de Jesús abren el camino de los mártires, que son los testigos por excelencia de la palabra de Jesús y de la libertad del ser humano.

   Nuestros compromisos como ciudadanos constituyen un ámbito muy amplio, que tiene una importancia extrema para hacer el mundo más humano. Es un ámbito que tiene su propia autonomía; autonomía que no es absoluta, porque pertenece al mundo creado, pero que es muy real. El criterio último que gobierna nuestra relación con todas las ricas dimensiones de la vida social es que, cuando Dios nos llame a su presencia, podamos decirle que nos hemos esforzado en dar a la sociedad lo que le corresponde y a Él la fe, el amor, y la obediencia. Así, con todas nuestras responsabilidades ciudadanas vividas con la competencia que la justicia exige, estaremos dando testimonio ante el mundo de que guardamos las palabras de Jesús.

Excursus: La Iglesia

Jesús está anunciando la Iglesia, el ámbito en el que se da a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; es el ámbito que supera todo Estado y no se identifica con ninguno, sino que se realiza en cualquiera de ellos. Así la Iglesia es esencial para convertir los Estados en verdaderas sociedades humanas, estructuras que no aspiren a regular la totalidad de la vida de las personas. Si no se puede dar a Dios lo que es de Dios, el César se convierte en el representante de un estado totalitario, que absorbe el ámbito de lo divino y lo pone a su servicio; así destruye la libertad de conciencia de sus súbditos y la política pierde sentido y valor; todo queda reducido a puro abuso del poder. Lo que es de Dios no destruye, sino que legitima lo que es del César; no lo suplanta ni lo manipula, lo legitima y lo exige; hace humano y humanizador lo que es del César, que así queda abierto a la eternidad. Por eso en la Iglesia hay que vivir la justicia social y ser, necesariamente, un ciudadano responsable.


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