Meditación sobre Ef 4,1-16
San Pablo, en los dos primeros capítulos de la Carta, nos ha revelado el Misterio de la Voluntad de Dios, el designio que Dios se propuso realizar en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. Con este horizonte escuchamos al Apóstol:
Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
San Pablo nos dice que está preso por el Señor; por el Señor de cielos y tierra; él no está en prisión por luchas de poder de este mundo. Pablo está preso por vivir de una manera digna de la vocación con que ha sido llamado por Dios. Y San Pablo nos dice que la vocación es pura gracia; es una llamada de Dios a la humildad, a la mansedumbre y a la paciencia; una llamada a soportarnos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Y esta llamada nos llega con toda la gracia de Dios necesaria para que podamos acogerla y vivirla.
La vocación es una invitación de Dios a salir del solipsismo y abrir nuestro ser personal a la relación con el Espíritu para, así, entrar a formar un solo Cuerpo y un solo Espíritu; a escuchar la llamada a la esperanza y tener un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
La vocación es una llamada a dejarnos transformar completamente por la Santísima Trinidad.
La medida de la gracia que nos llega con la vocación no es nuestra naturaleza, sino los dones de Cristo glorificado:
A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice:
Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres.
¿Qué quiere decir «subió» sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.
Es un movimiento de descenso hasta las raíces del ser y del pecado y, luego, de ascenso. Jesús somete a su poder toda la creación, incluyendo el pecado. Todo lo lleva a plenitud.
De los dones que dio a los hombres Pablo enumera cinco ministerios de la Iglesia, que se remontan a los dones espirituales de Cristo resucitado y se ordenan a la edificación del Cuerpo de Cristo:
Él mismo «dio» a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo.
De lo que se trata es de que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios; que lleguemos al estado de hombre perfecto y a la madurez de la plenitud de Cristo. El don que cada uno reciba del Señor glorificado debe ponerlo, con agradecimiento, al servicio de este designio de Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo. En esto va a insistir el Apóstol:
Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error.
Los niños no pueden vivir de una manera digna de la vocación recibida de Dios; no pueden dar fruto a la medida de los dones recibidos de Cristo Resucitado; no pueden desarrollar las funciones del ministerio recibido para edificación del Cuerpo de Cristo. Por contraste, Pablo nos deja un texto magnífico:
Por el contrario, viviendo la verdad con caridad, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor.
La caridad, es decir el amor vivido en Cristo, es la raíz y el clima ideal que hace posible el crecimiento armonioso de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
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