Meditación sobre Jn 17,1-5
Justo después de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, pocos días antes de la Pasión, San Juan nos dice:
Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Qué bien expresada está lo que va a constituir la misión de los apóstoles de Jesús en la Iglesia: llevar a gente de toda procedencia al encuentro con Jesús.
Jesús les respondió: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.
Ha llegado la hora que la creación esperaba desde el pecado del origen; la hora para la que el Hijo de Dios ha venido al mundo; la hora de la fecundidad. Ha llegado también la hora de la angustia del alma de Jesús:
“Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”. Vino entonces una voz del cielo: “Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré”.
Lo que mueve la vida de Cristo es la plena glorificación del Padre. El Padre ya ha glorificado su Nombre enviándonos a su Hijo; la Exaltación de Jesucristo será la glorificación plena. Para esto ha llegado el Señor a esta hora. Como en Getsemaní, el amor al Padre, la obediencia y la humildad, se imponen.
Con este horizonte nos vamos al Cenáculo, a escuchar la oración que Jesús dirige a su Padre:
Así habló Jesús, y levantando los ojos al cielo dijo: “Padre, ha llegado la Hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que Tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame Tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese”.
Ha llegado la Hora. Jesús termina su vida en la tierra. Le pide a su Padre que acoja la ofrenda de su vida que le va a hacer por nosotros; que le glorifique para que Él pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a todos los que el Padre le ha dado; para que pueda resucitarnos el último día. Para conocer al Padre y al que el Padre ha enviado tenemos que ser hechos partícipes de la naturaleza divina, engendrados de nuevo para llegar a ser verdaderos hijos de Dios.
La vida de Jesús en la tierra ha sido una vida de trabajo. Hasta el bautismo en el Jordán trabajó la madera en el taller de Nazaret; después, hasta la Pasión, trabajó la palabra por los caminos de Galilea y, por último, el trabajo por excelencia del Hijo de Dios que es la Cruz. Ahora nos dice que la clave del valor de su vida ha sido la obediencia: ha llevado a cabo la obra que su Padre le ha encomendado realizar; así le ha glorificado en la tierra.
Ahora lo que el Hijo pide al Padre es que le glorifique, junto a Él, con la gloria que tenía a su lado antes que el mundo fuese. El Hijo estaba junto al Padre antes de la creación del mundo. Luego , a raíz del pecado, vino al mundo para reconciliarnos con su Padre Dios como hijos. Una vez que el Padre ha acogido la obra del Hijo, lo que Jesús le pide es: “Padre, glorifícame Tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese”. Dios Padre escucha la petición de Jesús.
Ahora la oración de Jesús va a cambiar. Se va a centrar especialmente en pedir por sus discípulos, que son los que tendrán que continuar la obra que el Padre le encomendó realizar.
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