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Entre dos mujeres

Meditación sobre Lc 1,38

La historia de la Salvación se asemeja a un díptico; la Encarnación del Hijo de Dios articula las dos páginas. San Lucas nos dice que la Anunciación termina con las palabras de María:

Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue.

Estas palabras de la virgen María de Nazaret cierran la primera página de la historia de la Salvación, una página que se inicia con la desobediencia de Eva. La relación de esas dos mujeres con Dios y con su Palabra es la luz para entender esta página.

Eva es la mujer que, ante la prueba, cuando tuvo que elegir, rechazó obedecer el mandamiento de Dios:

Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”.

La mujer acogió la palabra de la serpiente:

“De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

Eva no se fió de Dios, sino de su propio juicio:

Como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, que igualmente comió.

Cuando Dios le pregunte: “¿Por qué lo has hecho?” La mujer responderá: “La serpiente me sedujo, y comí”. Pero no es verdad. La serpiente no tiene el poder de forzar nuestra libertad y hacernos pasar de la obediencia a Dios a la desobediencia. En la relación con Dios obediencia y desobediencia están en mundos completamente distintos: la obediencia está en el mundo de la santidad de Dios y de la vida eterna; la desobediencia en el mundo del pecado y de la muerte. Obedecer a Dios es ponernos en sus manos; desobedecerle es vivir desde nosotros mismos.

   En el momento en que Eva dirigió la mirada al árbol después de la sugerencia de la serpiente ya estaba todo decidido. La mujer había pervertido su relación con Dios. Con Dios no se negocia. Se escucha su Palabra y se guarda. Con la clara conciencia que es un misterio incomprensible que Dios nos dirija su Palabra, que espere algo de nosotros, que tengamos el poder de obedecerle; un misterio que sólo se puede explicar por el amor que Dios nos tiene.

Rechazar la Palabra del Dios Vivo, rechazar la Palabra que es portadora de vida tiene unas consecuencias terribles. Así se lo hizo saber Dios a Adán:

Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que Yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida; espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás”.

Y el relator nos dice:

El hombre llamó a su mujer «Eva», por ser ella la madre de todos los vivientes.

Por la desobediencia de esa mujer entró el pecado en el mundo y, con el pecado, la muerte. De esa madre nacemos todos los vivientes como hijos de la desobediencia, como colaboradores del reino del pecado, como seres destinados al sepulcro. Y todos llevamos profundamente grabado ese sello en el corazón.

Pero Dios no dejará que la desobediencia tenga la última palabra en su Creación. Por eso, inmediatamente después del pecado del origen, anuncia que llegará una Mujer que oirá sólo su voz, que sólo confiará en Él, que le obedecerá siempre:

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”.

Esa mujer en la que Dios ha puesto enemistad con la serpiente es María. Cuando el Ángel Gabriel le hizo saber lo que Dios esperaba de ella, María respondió con un «» que pone su vida a disposición de Dios. Su vivir será pura obediencia amorosa. Por la puerta que es su obediencia humilde y agradecida entrará el Redentor al mundo. Y el Hijo que nacerá de Ella será Cabeza del linaje de los hijos obedientes a Dios.

   Dándonos a su Madre por Madre, María tendrá una presencia particular en la vida de la Iglesia para enseñarnos a escuchar y guardar la Palabra de Dios. Y la experiencia de tantísimos cristianos a lo largo de la historia es que el amor a la Virgen deja en el corazón un profundo deseo de obedecer a Dios.

Nuestra vida se mueve entre estas dos mujeres; entre estas dos madres. Aquí están todos los elementos del drama de la historia del hombre, que tiene que elegir de quién quiere ser hijo; si quiere vivir obedeciendo a Dios o hacerlo desde su propio juicio; si quiere poner sus capacidades al servicio de la vida o ponerlas al servicio de la muerte. Ojalá brote con fuerza en nuestro corazón el deseo de ser hijos de la Madre de Jesús.


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