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Vino a anunciar la paz

 Meditación sobre Ef 2,11–22

San Pablo acaba de revelarnos lo que significa nuestra incorporación a Cristo:

Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados– y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Con este horizonte de revelación seguimos escuchando al Apóstol:

Recordad, por tanto, que en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, los llamados sin circuncisión por los que se dicen la circuncisión –practicada por mano de hombre en la carne–, vivíais entonces sin Cristo, erais ajenos a la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la Sangre de Cristo.

Qué página tan preciosa. Qué triste era la situación del mundo pagano que vivía sin Cristo, extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Es la situación del hombre bajo el poder del pecado y de la muerte; del hombre abandonado a su suerte. Cómo cambió todo con la venida de Cristo Jesús y por el misterio de su Sangre.

La primera etapa del acercamiento realizado por la Cruz de Cristo es el de los judíos y gentiles entre sí; luego, el de todos con el Padre:

En efecto, Él es nuestra paz: el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad, anulando en su carne la ley decretada en los mandamientos. De ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la Cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad. 

Otra página preciosa. Cristo es nuestra paz; en la Cruz ha dado muerte en sí mismo a la enemistad, esa enemistad entre judíos y gentiles que aparece en cada página del Evangelio y se manifiesta en todos los aspectos de la vida; esa enemistad entre el hombre y Dios que es el fruto más amargo del pecado. Jesucristo ha establecido la paz entre judíos y gentiles y nos ha reconciliado con Dios en un solo cuerpo por medio de la Cruz. Cristo Jesús ha hecho de los dos pueblos uno solo, creando en sí mismo de los dos un hombre nuevo.

San Pablo ya nos ha dicho que Cristo es nuestra paz, ahora nos va a revelar lo que significa que venga a anunciar la paz:

Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por Él unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús. En Él toda la edificación se alza bien compacta hasta formar un templo santo en el Señor; en Él también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios por el Espíritu.

Qué revelación tan poderosa: por Él unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Esta es la paz que Jesús viene a traernos. Me parece que hay que detenerse, primero, en la dimensión Trinitaria y, luego, en que este designio de Dios alcanza a todo hombre, a los que estaban lejos y a los que estaban cerca.

   Luego el Apóstol nos dice lo que se sigue de acoger la paz que es Cristo. Es una revelación magnífica de lo que significa nuestra incorporación a la Iglesia. Con unas imágenes preciosas Pablo despliega delante de nuestros ojos lo que se sigue de acoger el anuncio que el Señor nos trae. Vale la pena meditar estas palabras de la Carta en la oración y guardarlas en el corazón. Y vale la pena contemplar nuestra vida a la luz del panorama que Cristo Jesús nos anuncia.

   Los gentiles de Éfeso que acogen a Jesucristo ya no son extraños ni forasteros; son conciudadanos de los santos y familiares de Dios. Y están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas –que son los misioneros y profetas cristianos, encargados de anunciar el Evangelio y de animar las comunidades mediante un carisma particular del Espíritu–. La piedra angular es el mismo Cristo Jesús. En Cristo Jesús toda la edificación se alza bien compacta hasta formar un templo santo en el Señor, y ellos están siendo juntamente edificados hasta ser morada de Dios por el Espíritu. Qué asombrosa transformación.


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