Meditación sobre Lc 1,46–50
En la Anunciación, el ángel Gabriel reveló a María de Nazaret que Dios la había escogido y preparado para ser la Madre de su Hijo. Pocas semanas después, en casa de su prima Isabel, con Jesús ya en su vientre, María nos revela, en el Magnificat, los sentimientos que llenaron su corazón. Así comienza el canto:
María exclamó:
“Proclama mi alma las grandezas del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador:
porque ha puesto sus ojos
en la humildad de su esclava.
Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones,
porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, cuyo nombre es Santo;
su misericordia se derrama de generación
en generación sobre los que le temen”.
María nos deja su biografía: su vivir es proclamar las grandezas del Señor y alegrarse en Dios, su Salvador. Y nos da la clave de todo: Dios ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava.
Qué modo tan delicado de referirse a la concepción del Hijo de Dios. La humildad de María ha atraído la mirada complacida de Dios y ha abierto amplio espacio a su obrar. En el encuentro de la mirada de Dios y la humildad de María se ha encarnado el Hijo de Dios. La Maternidad Divina de María, es la gran obra de Dios. Desde ese día todas las generaciones, en la tierra y en el cielo, la llamamos bienaventurada,
Desde el pecado del origen, que grabó en el mundo el sello de la soberbia –de la rebelión contra Dios–, la humildad de María es el único ámbito de la creación donde Dios puede poner sus ojos con agrado para enviarnos a su Hijo. El misterio de nuestra filiación divina arraiga en la humildad de María. Por eso, si queremos que Dios ponga sus ojos en nosotros y nos mire complacidos –que es lo único verdaderamente importante en nuestra vida–, tenemos que dejar que nuestra Madre nos guíe por el camino de la humildad.
La humildad de María ha hecho posible que el Poderoso, cuyo nombre es Santo, haya hecho en su favor maravillas, y que su misericordia se derrame de generación en generación sobre los que le temen. Es la misericordia de Dios lo que da razón de la Redención.
La humildad de María contiene el sí a Dios del Israel fiel y de todo corazón noble. Todo sí a Dios dice relación a esa humildad. Por eso, el que desea, por encima de todo, decirle siempre que sí a Dios, siente una atracción especial por la humildad de la Madre de Dios. En la humildad de María arraiga el sí a Dios en el que Jesús vino al mundo y en el que creció en sabiduría, en edad, y en gracia; el sí en el que volverá al Padre.
María nos ha dicho que Jesús es su Hijo porque Dios ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava. En el relato de la Pasión, San Juan dice:
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Me parece que la clave es el «Jesús, viendo a su madre». Cuando Jesús ve a su Madre, ve en Ella lo mismo que había visto su Padre Dios: la humildad de la esclava. Por eso nos la da por Madre. Y Ella nos acoge como hijos en su humildad. Y nosotros la acogemos en nuestra casa y en todo lo nuestro para que la Madre de Dios nos enseñe a ser humildes. Para que Dios nos mire con agrado.
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