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Rico en misericordia

Meditación sobre Ef 2,1–10

Después de la admirable revelación que el Apóstol nos ha dejado en el primer capítulo de la Carta acerca del designio salvador de Dios centrado en Jesucristo, San Pablo  nos va a dejar ahora la revelación de lo que es el pecado universal, el pecado que tuvo su origen en el capítulo tercero del libro del Génesis:

Y vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis inmersos en otro tiempo siguiendo el espíritu de este mundo, de acuerdo con el príncipe del poder del aire, el espíritu que actúa ahora en los hijos de la rebeldía. Entre éstos también todos nosotros vivimos en otro tiempo en la concupiscencia de nuestra carne, siguiendo los deseos de la carne y de los malos pensamientos, puesto que éramos por naturaleza hijos de la ira como los demás.

La universalidad del pecado del origen. San Pablo es claro: tanto los efesios –gentiles– como los judíos, todos hemos estado en poder del pecado y de la muerte; hechos hijos de la rebeldía e hijos de la ira; sometidos al poder del príncipe de este mundo y de la concupiscencia; siguiendo los deseos de la carne y de los malos pensamientos. No había salida. La muerte tenía siempre la última palabra. Hasta que intervino la misericordia de Dios.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo –por gracia habéis sido salvados–, y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia, por su bondad con nosotros en Cristo Jesús.

La Redención brota de la misericordia que llena el corazón de Dios; de ese gran amor que puede compadecerse de su criatura –muerta por sus pecados– y darnos vida en Cristo –pura gracia de Dios–; con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús. Qué asombroso poder el de la misericordia de Dios, que nos libra del poder de las tinieblas y nos traslada al Reino del Hijo de su amor.

   Qué admirable misterio el que expresa el Apóstol: Dios manifiesta a los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia por su bondad con nosotros en Cristo Jesús. Es ya una realidad que camina hacia su plenitud; ya tenemos la vida en Cristo, ya Dios nos ha resucitado con Él y nos ha hecho sentar en los cielos en Cristo Jesús. Ahora, con la ayuda de la gracia, iremos caminando hacia la plenitud de ese designio de amor y de bondad que Dios tiene con cada uno. Realmente, Dios es rico en misericordia.

   Todo es pura gracia de Dios, puro amor gratuito; ¿qué es lo que nosotros podemos poner? Me parece que nos lo indica Jesús en el comienzo de su predicación. San Marcos nos dice que el Señor comenzó a proclamar la Buena Nueva de Dios diciendo:

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”.

Lo que cada uno tiene que poner es la conversión y la fe; la conversión que abre el corazón al amor de Dios que perdona, y la fe que deja obrar a Dios en nuestra alma. Así seremos instrumentos para que Dios pueda manifestar a las generaciones futuras las abundantes riquezas de su bondad y de su gracia.

San Pablo lo expresa así:

Así pues, por gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros, puesto que es un don de Dios; ni procede de las obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Qué cosas tan preciosas. Dejando obrar a Dios en nosotros somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para que pasemos por la vida obrando las buenas obras que Él nos tenía preparadas. Todo es don de Dios. Las buenas obras que realizamos en este mundo son obras de Dios que nos estaban esperando para que anduviésemos en ellas. Qué dimensión tan divina adquiere el camino de la vida.


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