Meditación sobre 1 Jn 3,1-10
El corazón del cristianismo es el Amor que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos tiene. San Juan lo expresa con fuerza:
Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y realmente lo somos! Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es.
El Amor del Padre en el origen. Siempre. El Amor con el que el Padre ama al Hijo y que Jesucristo ha venido a traernos. Así se lo dirá al Padre justo al final de la oración en el Cenáculo:
“Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero Yo te he conocido y éstos han conocido que Tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos”.
En el amor del Padre podemos fundamentar nuestra vida. Solo en ese amor. Lo que edifiquemos en el amor de nuestro Padre Dios permanecerá para siempre; todo lo demás pasará.
Juan nos dice que, fruto del amor del Padre, ya somos hijos de Dios. Qué asombroso don el que el Padre nos ha hecho, don que está destinado a crecer, a llegar a plenitud. Por eso es un don que es tarea. Es la tarea del cristiano en esta vida. Nobilísima tarea. Vale la pena emplear toda energía para que, cuando el Hijo Unigénito de Dios se manifieste, nos encuentre semejantes a Él y podamos verlo tal como es. Esta es nuestra esperanza.
Qué pena lo que el autor de la Carta dice del mundo; no nos conoce porque no conoce a Dios, no conoce el amor del Padre y el poder de ese amor de hacernos sus hijos.
La esperanza en Jesucristo estimula nuestra lucha:
Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo, como Él es puro. Todo el que comete pecado comete también la iniquidad, pues el pecado es la iniquidad. Y sabéis que Él se manifestó para quitar los pecados y en Él no hay pecado. Todo el que permanece en Él no peca; todo el que peca no le ha visto ni conocido.
Qué revelación tan admirable. Jesús, que es puro y en el que no hay pecado, se ha manifestado para quitar los pecados. La clave de la esperanza de los hijos de Dios es permanecer en Jesucristo; el que permanece en Él no peca.
Este breve párrafo nos revela dos cosas del pecado: el que comete pecado comete también la iniquidad, pues el pecado es la iniquidad; todo el que peca no ha visto ni conocido al Hijo de Dios.
Seguimos escuchando esta poderosa revelación. Juan acaba de decirnos que todo el que tiene la esperanza de ver a Jesucristo tal como es se purifica a sí mismo, como Él es puro; ahora nos va a decir que quien obra la justicia es justo, como Él es justo. La clave es el «como Él».
Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como Él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
Vivimos en la última Hora. El Hijo de Dios se ha hecho Hijo del hombre para deshacer las obras del diablo, que peca desde el principio, y para darnos el poder de nacer de Dios. Los hijos de Dios se reconocen en que obran la justicia y aman a sus hermanos. El que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen, que no puede dar fruto de pecado, permanece en él. Cada uno tiene que elegir si quiere ser hijo de Dios en el Hijo; siempre el respeto de Dios por nuestra libertad.
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