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El encuentro con Satanás

Meditación sobre Mt 4,1-11         

San Mateo termina el relato del bautismo de Jesús en el Jordán diciendo:

Bautizado Jesús, salió luego del agua. Y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz que salía de los cielos decía:

“Éste es mi Hijo amado,

en quien me complazco”.

La poderosa revelación de quién es Jesús que contiene esta página va a quedar subrayada por el encuentro del Señor con Satanás:

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Mas Él respondió: “Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»”.

La voz que viene de los cielos dice: “Éste es mi Hijo amado”. Me parece que hay que poner la palabra Hijo con mayúscula porque la voz del Padre se refiere a su Hijo Unigénito. Pero el tentador no sabe nada de eso; cuando utiliza la expresión “hijo de Dios” lo hace en el sentido tradicional de Israel, un hombre que procura obedecer a Dios. Jesús pasa esto por alto y se centra en lo esencial.

   Jesús no obra desde ninguna instancia extraña. Jesús, de un modo que el diablo no puede conocer pero nosotros –en cierta medida– sí podemos, es el Hijo amado en quien el Padre se complace. Jesús obra desde el Padre; vive de toda palabra que sale de la boca de Dios, y de ninguna otra. Su alimento es hacer la voluntad del Padre que le ha enviado. En la respuesta de Jesús está contenido el misterio de su vida.

   Cuando culmine la obra que el Padre le ha encargado realizar, Jesús nos enviará el Espíritu de Dios, que nos dará el poder de vivir como Él; de hacer de las palabras que salen de la boca de Dios nuestro alimento.

El diablo vuelve a intentar que Jesús ignore la voluntad de Dios:

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: “Si eres hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna»”. Jesús le dijo: “También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios»”.

Tentar a Dios es pretender que obre según nuestra voluntad. Tentar a Dios es consecuencia de no ver en la voluntad de Dios para nosotros la mayor expresión del amor que Dios nos tiene. Tentar a Dios es manifestación de que no se ama la libertad de Dios.

   El diablo debe tener gran confianza en esta tentación, porque es la que se reserva para la Pasión. Una vez que Jesús ha sido crucificado, San Mateo nos dice:

Los príncipes de los sacerdotes se burlaban a una con los escribas y ancianos, y decían: “Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo: «Soy Hijo de Dios»”.

Estos hombres no pueden entender que, precisamente porque Dios quiere de verdad a su Hijo amado, le ha llevado a la Cruz. Y que Jesús no baja de la Cruz precisamente porque es el Hijo de Dios; porque su vida es complacer a su Padre, permanecer en el amor que el Padre le tiene.

   Jesús no responderá a esos príncipes de los sacerdotes, escribas y ancianos. Ha pasado el tiempo de hablar. La Cruz es el sello definitivo que el Señor pone a las palabras con las que zanjó la tentación de Satanás: «“No tentarás al Señor tu Dios”». Jesús no va a tentar a Dios. Él vive en el amor que el Padre le tiene y ama, por encima de todo, su voluntad.

   Cuando haya llevado a cabo la obra de la Redención, nos enviará su Espíritu, que es el Espíritu de la Verdad, y nos llevará a comprender que los mandamientos de Dios para nosotros son la plena manifestación del amor que nos tiene; y nos dará el poder de amar la libertad de Dios, de no poner nunca condiciones, de no tentar a Dios.

En la tercera tentación Satanás revela su juego:

De nuevo le toma el diablo y le lleva a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Dícele entonces Jesús: “Apártate, Satanás, porque está escrito: «Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto»”.

Ahora todo está claro. Lo que Satanás pretende es ponerse en lugar de Dios y ser adorado por el hombre. Se presente como se presente, lo que el tentador pretende es que nos postremos ante él y le rindamos la adoración solo a Dios debida. Y está claro lo que el hombre tendrá que pagar si renuncia a adorar a Dios: adorar a Satanás. No hay una tercera opción.

   Jesucristo es el Hijo de Dios, que solo adora a su Padre; Jesús solo recibe el poder y la gloria de manos de su Padre Dios. La Cruz es el testimonio definitivo de que Jesús solo adora y da culto al Señor su Dios. Cuando recibamos el Espíritu Santo, que es fruto de la Cruz, también nosotros seremos hechos capaces de doblar nuestra rodilla ante Dios; y ante nadie más.

El relato termina:

Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

El diablo le deja pero, ¿se ha dado por vencido? No. Espera su hora, la hora de la Pasión.

En este encuentro con Satanás no hay lucha, no hay polémica, argumentos ni cosa parecida. Jesús lo que hace es expresar, con un señorío único, las palabras de la Escritura que gobiernan su vida, y de las que no se va a desviar ni un milímetro. Así, sin combate, vence a Satanás.


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