Meditación sobre Ef 1,1-14
San Pablo abre la Carta a los Efesios con el saludo, en el que queda de manifiesto la clara conciencia que tiene el Apóstol de su elección y de la dignidad de los cristianos:
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles de Jesucristo en Efeso: sean con vosotros la gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo.
Los santos son los cristianos, consagrados a Dios mediante la fe en Jesús y el bautismo. Qué deseo tan admirable expresa el Apóstol para los fieles de Éfeso: la gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. Cuánto tenemos que aprender de San Pablo a la hora de rezar unos por otros.
Enseguida Pablo eleva su corazón bendiciendo a Dios en una gran oración y en un himno a la bondad del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos.
Por cuanto nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia, en el amor.
Nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració en el Amado.
En Él tenemos la Redención por su Sangre, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia.
La bendición espiritual es el don de la salvación, que Dios comunica a los creyentes por medio de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo. La expresión «en los cielos» indica el lugar donde Dios ha puesto su morada.
Todas las bendiciones las recibimos de Dios; y todas nos llegan en Cristo Resucitado, que es el centro del designio Redentor de Dios. Son bendiciones que se abren a la vida eterna y permanecerán para siempre; todo lo demás pasará.
Éste es el designio de Dios para cada uno: elegidos en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia, en el amor. Qué misterio tan asombroso. Cuánto debe querernos Dios.
Después de elegirnos, ahora nos dice que también nos ha predestinado a la adopción de hijos suyos por Jesucristo. Y nos dice que todo responde al beneplácito de voluntad, y que todo se ordena a la alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració en el Amado.
Es el misterio de nuestra filiación divina. Por pura gracia Dios Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz; nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino del Hijo de su Amor, en quien tenemos la Redención: el perdón de los pecados.
La finalidad última del designio salvífico de Dios es la revelación y el reconocimiento de su Amor gratuito, que se manifiesta y se nos comunica con plenitud en su Hijo. En Él tenemos la Redención por su Sangre, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia.
Admirable bendición –aunque especialmente dolorosa, porque ahí están mis pecados–. Todo es pura gracia de Dios, que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros. Esa es la misteriosa sabiduría e inteligencia de Dios.
El himno de bendición y alabanza termina. A continuación el Apóstol expone cómo ese plan divino de salvación se ha realizado en los judíos y en los gentiles:
Nos dio a conocer el Misterio de su Voluntad, según el benévolo designio que en Él se propuso para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
recapitular en Cristo todas las cosas,
las de los cielos y las de la tierra.
En Él, en quien también fuimos constituídos herederos, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo.
En Él, también vosotros, tras haber oído la palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para redención de los que ha hecho suyos, para alabanza de su gloria.
La «plenitud de los tiempos» es una expresión paulina para indicar el cumplimiento del designio de Dios en la historia. Todo ha sido creado por Dios en orden a Cristo y a la Redención por Él obrada. Jesucristo, el Verbo por el que todo fue hecho, el Hijo Unigénito de Dios, es el heredero de todas las cosas, la verdad de todos los hombres. Por eso la obra que Dios va llevando a cabo de recapitular en Cristo todas las cosas. Y nos va dando a conocer el Misterio de su Voluntad para fortalecernos en la fe y para que, en la medida de nuestras fuerzas, cooperemos con su designio para alabanza de su gloria. El amor, la sabiduría, la voluntad de Dios, todo se ordena a que participemos de la vida de Cristo Cabeza.
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