Meditación sobre Mc 2,18-22
En los Evangelios aparece mucha gente que pide cuentas a Jesús acerca del comportamiento de sus discípulos. Pobre gente. ¿Qué sucederá cuando descubran a quién han pedido cuentas? Nosotros no estamos en el mundo para pedir cuentas a Jesús; nosotros estamos en el mundo para escucharle, guardar sus palabras, hacer el bien y preparar el día en que tengamos que rendirle cuentas de nuestra vida. Así nos lo asegura Pablo en la segunda Carta a los Corintios:
Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo bueno o malo que hizo durante su vida mortal.
Una cosa buena que tiene el comportamiento de estas gentes que piden cuentas a Jesús es que el Señor aprovecha su impertinencia para revelarnos algún aspecto de su misterio.
Los discípulos de Juan y los fariseos estaban haciendo un ayuno; y vinieron a decirle: “¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y, en cambio, tus discípulos no ayunan?”
Los discípulos de Juan y los fariseos seguían las directrices de las Escrituras de Israel. Jesús nos va a decir que eso ha terminado. Con la venida del Hijo de Dios, que lleva a plenitud el Antiguo Testamento, la única referencia de los cristianos es Cristo Jesús. Con Jesús presente sus discípulos viven en tiempo de fiesta:
Y les dijo Jesús: “¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo que tienen con ellos al esposo no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día, ya ayunarán”.
Los profetas de Israel expresan con distintos lenguajes lo que realmente es inexpresable: el Amor de Dios por su pueblo. Algunos recurren al lenguaje esponsal, en el que se presenta a Dios como el Esposo y a Israel, la Hija de Sión, como la esposa. En este horizonte habla Jesús. Cristo es el Esposo y la verdadera Hija de Sión, que es la Iglesia, es la Esposa. San Pablo, en la Carta a los Efesios, lo expresa admirablemente:
Maridos: amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
Cristo, por el amor a su Iglesia, se entrega por ella para introducirla en el ámbito de la santidad de Dios.
En la respuesta que Jesús da a los que le interpelan deja claro que Él ha traído al mundo un nuevo principio. El ayuno de sus discípulos no es cuestión devocional, ni ascética, ni litúrgica. Todo depende de si Cristo está con ellos o no. Jesús anuncia que el esposo les será arrebatado: es la primera alusión en el Evangelio de Marcos, a la Cruz. La visión contrastada de presencia y ausencia del Esposo, de alegría y dolor, de fiesta y ayuno,
nos ayuda a entender la condición del discípulo de Cristo mientras camina en la tierra.
Jesús está hablando de la Cruz. La Cruz graba su sello en la vida del cristiano. No sólo dice ausencia porque el Esposo nos ha sido arrebatado, sino que dice el modo terrible como el mundo lo ha hecho. Por eso la Cruz se manifiesta como ayuno; como expresión de tristeza y añoranza; y como rechazo a mundanizarse. Pablo, en la Carta a los Gálatas, lo expresa con fuerza:
¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!
En estas palabras de San Pablo está contenida la clave del ayuno cristiano. Por eso el ayuno abarca todas las dimensiones de la vida. La referencia del ayuno cristiano es la Cruz de Cristo.
La Cruz no tiene la última palabra; Jesucristo volverá en toda su gloria de Resucitado y seremos congregados delante de Él. Ante esta verdad el ayuno de los amigos del Esposo adquiere nueva riqueza: es testimonio de esperanza. Hay que aprender a desprenderse de las cosas de este mundo con alegría y preparar el encuentro con Jesús que vendrá a buscarnos. Por eso el Señor nos invitó de tan diversas maneras a vivir vigilantes. El ayuno tiene esa dimensión de vigilia de espíritu; es verdadera oración. Y nos hace fuertes, capaces de superar toda tentación y de vivir con la mirada puesta en el encuentro definitivo con el Señor.
Jesús ha traído al mundo un nuevo principio. Ahora nos explica, con dos proverbios, que no se puede mezclar lo nuevo con lo viejo:
“Nadie cose un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo; porque entonces lo añadido tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce un desgarrón peor. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino hace reventar los odres, y se pierden el vino y los odres. Para vino nuevo, odres nuevos”.
La enseñanza es clara: si se pretende unir lo nuevo con lo viejo se echa a perder todo, tanto lo viejo como lo nuevo. Pero entonces la pregunta es: ¿qué va a pasar con la Alianza del Sinaí y con tantos siglos de fidelidad de Israel a Dios? ¿se va a perder todo? No. No se va a perder nada, porque Jesucristo es el sí definitivo de Dios a Israel. San Pablo, que este tema lo lleva en el corazón, lo expresa con fuerza en la segunda Carta a los Corintios:
Porque Jesucristo, el Hijo de Dios –que os predicamos Silvano, Timoteo y yo– no fue sí y no, sino que en Él se ha hecho realidad el sí. Porque cuantas promesas hay de Dios, en Él tienen su sí; por eso también decimos por su mediación el Amén a Dios para su gloria.
Jesucristo asume la Alianza del Sinaí: la acoge, purifica, eleva, e integra en la Nueva Alianza en su Sangre. A purificar lo que en la vida de Israel no es de Dios, lo que se ha ido adhiriendo con el correr de los siglos y no es más que una montaña de preceptos humanos, Jesús dedica mucho esfuerzo. ¿Por qué lo hace?
Pues en primer lugar, como siempre, por amor a su Padre Dios: no va a dejar que los hombres, por muy piadosos que se consideren, corrompan la obra de Dios. Luego, por amor a Israel: Jesús es Cristo, el Mesías de Israel. Israel es su pueblo. No va a consentir que esas instituciones que reflejan el amor de Dios por su pueblo queden deformadas por un cúmulo de tradiciones puramente humanas. Y también por amor a la Iglesia: Jesús va a integrar en su Iglesia todo lo santo que hay en Israel, para que se convierta en camino de santidad para el cristiano. Por eso en estos relatos los interlocutores de Jesús, los que de verdad tienen que escucharle, son sus discípulos.
Comentarios
Publicar un comentario