Meditación sobre Jn 17,6-19
Después de pedirle al Padre que lo glorifique, la oración de Jesús en el Cenáculo se centra en los que el Padre le ha dado. Jesús le dice al Padre, y nos revela a nosotros, cómo ha realizado la obra que le ha encomendado realizar.
“He manifestado tu Nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, Tú me los confiaste y ellos han guardado tu Palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado. Ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que Yo salí de Ti y han creído que Tú me enviaste”.
El Hijo ha venido al mundo para manifestar, a los que quieran acoger esa revelación, el Misterio de su Padre Dios. Qué importancia tiene para Jesús que sus discípulos sean un don que el Padre le ha hecho, que hayan guardado la Palabra del Padre y que hayan llegado a creer que Jesús es el Hijo de Dios que el Padre nos ha enviado.
En el cristianismo todo gira alrededor del misterio del don: el Hijo es un don que el Padre nos hace y nosotros somos un don que el Padre hace a su Hijo. Ser cristiano es acoger el don del Padre y dejarse convertir en un don que el Padre hace a su Hijo.
Ahora comienza la oración de Jesús por los que el Padre le ha dado, que son los que van a continuar la obra que Él ha realizado. El Señor los pone al cuidado del Padre Santo:
“Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo y Yo voy a ti. Padre Santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, Yo cuidaba en tu Nombre a los que me diste. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de la perdición para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada”.
Es central la petición que Jesús hace al Padre Santo para que cuide en su Nombre a los que le ha dado; para que sean uno como el Padre y Él son uno. Cuidar en Nombre del Padre a los que le ha dado ha sido parte importante de la obra que el Padre le ha encomendado realizar. Ese doble cuidado es causa de alegría colmada.
Jesús sigue intercediendo por los suyos:
“Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como Yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad”.
Un rato antes (Jn 15,18s) Jesús ha hablado con claridad a sus discípulos de lo que les espera en un mundo que les odia. Llega a decir: “llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios”. Dos cosas le pide el Hijo a su Padre con relación a sus discípulos: la primera es que los guarde del Maligno; la segunda que los santifique en la verdad. Así la obra que Jesús ha realizado seguirá creciendo con los siglos.
El Hijo ha venido a dar a sus discípulos la Palabra del Padre. Después de pedirle al Padre que los santifique en la verdad, añade: “tu Palabra es la verdad”. No hay otro acceso a la santidad de Dios mas que la obediencia amorosa a su Palabra. Así el Padre nos santifica en la verdad. Así se ha santificado Jesús a sí mismo, obedeciendo al Padre hasta la Cruz, y ha abierto el camino de nuestra santidad.
Dos veces le dice Jesús al Padre que sus discípulos, como Él, no son del mundo. Luego, en una tercera referencia al mundo, le dice: “Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo”. La clave de esta oración es la estrecha comunión del Maestro con sus discípulos.
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