Meditación sobre Lc 4,31-37
Acompañamos a Jesús que baja de Nazaret a Cafarnaúm:
Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y el sábado se puso a enseñarles. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque porque hablaba con autoridad.
La autoridad con la que Jesús enseña las Escrituras de Israel brota de que todas alcanzan en Él su cumplimiento. San Pablo lo expresa admirablemente (2Co 1,19s):
Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en Él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él.
En Cafarnaúm, la palabra de Jesús va a manifestar también su autoridad en relación al mundo de Satanás. La ocasión es el encuentro de Jesús con un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo:
Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: “¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios”. Jesús entonces le conminó diciendo: “Cállate, y sal de él”. Y el demonio, arrojándolo en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: “¿Qué palabra es ésta? Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
Jesús manda con autoridad y poder. No quiere ninguna relación con los espíritus inmundos y le basta una doble orden para que el demonio inmundo, muy contra su voluntad, le obedezca y desaparezca. Todo parece muy sencillo: basta que Jesús se presente y le dirija una orden al demonio para que el hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo y se expresaba con grandes gritos recupere su libertad y su dignidad humana.
Pero la trascendencia que este acontecimiento tiene en la historia de la Salvación –y en la vida de Jesús– es inimaginable. San Juan nos dirá lo que está en juego en esta primera liberación de un hombre del poder de Satanás. Justo después de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, pocos días antes de la Pasión, San Juan nos dice que unos griegos quieren ver a Jesús. Andrés y Felipe fueron a decírselo al Señor (Jn 12,23s).
Jesús les respondió: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”.
(...)
“Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”. Vino entonces una voz del cielo: “Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré”.
(...)
“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre; ha llegado la hora de que el Padre, que ya había glorificado su Nombre enviándonos a su Hijo Unigénito, lo glorifique de nuevo en el Misterio Pascual de Jesucristo; ha llegado la hora del juicio de este mundo y de que el Príncipe de este mundo, que lo domina desde el pecado del origen, sea echado fuera; ha llegado la hora en que Jesucristo será levantado de la tierra y pueda atraer hacia Él a todo el que desee ser liberado de la esclavitud al Príncipe de este mundo y desee permanecer para siempre en el amor que Dios le tiene.
La expulsión de este demonio, fruto del encuentro de Jesús con un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm un sábado, y todas las expulsiones de demonios –tantas– que Jesús realizó en sus años de vida pública son un anticipo de la expulsión definitiva de Satanás. Es terrible el precio que Jesús tendrá que pagar para echarlo fuera.
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