Meditación sobre Lc 4,38-44
Es sábado. Estamos en Cafarnaúm:
Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles.
Lucas nos ha dicho que, en la sinagoga, Jesús conminó al espíritu de un demonio inmundo diciéndole: “Cállate, y sal de él”. Y el demonio salió del hombre sin hacerle ningún daño. Ahora conmina a la fiebre, que también le obedece. Ya se ve que la posesión diabólica y la mucha fiebre se mueven en el mismo horizonte y, ante la autoridad y el poder de la palabra de Jesús, no tienen más remedio que obedecer. Con Jesús ha venido el Reino de Dios al mundo. Satanás y la muerte han perdido su poder.
Qué comportamiento tan noble el de la suegra de Simón. Tan noble y tan inteligente. Se ve que ella, que ha estado bajo el poder de la fiebre, quiere pertenecer al Reino de Dios que Jesús nos trae, y comprende que el camino es servir a Cristo y a sus Apóstoles. Que buena lección nos deja esta mujer.
La verdadera gracia que Jesús ha traído a esta mujer es que, al librarla del poder de la enfermedad la ha capacitado para servirle a Él y a los suyos. San Pablo, con la clarividencia que le caracteriza, va a la raíz de este comportamiento (Rom 14,7s):
Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos.
Ese sábado esa mujer entendió para quién tenía que vivir, y abrió un camino que a lo largo de los siglos ha sido transitado por innumerables mujeres cristianas, que vivirán y morirán para el Señor sabiendo, en lo más profundo de su corazón, que son del Señor que dio su vida por ellas. Y así vivirán para la gloria de Dios y la salvación de los hombres; vivirán una vida llena de sentido y abierta a la eternidad; vivirán felices de haber sido hechas dignas de servir a Jesucristo.
Termina esta notable jornada en Cafarnaúm:
A la puesta del sol todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban. Y Él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero Él los conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que Él era el Cristo.
Qué escena tan magnífica. De la presencia de Jesús brota abundante la vida de los enfermos y la libertad de los poseídos por los demonios. Está anocheciendo. Es como si con la puesta del sol de este sábado estuviera terminando un mundo marcado por el poder Satanás y de la muerte. Este mundo, que termina entre los lamentos de los enfermos y el griterío de los demonios, dará paso, cuando llegue la hora, al mundo nuevo de Cristo Jesús resucitado.
Amanece el primer día de la semana:
Al hacerse de día salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde Él, trataban de retenerlo para que no les dejara. Pero Él les dijo: “También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado”. E iba predicando por las sinagogas de Judea.
Jesús ha sido enviado por su Padre Dios para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. Es lo que va a hacer predicando por las sinagogas de Judea. Al hilo de la predicación va a ir formando a sus Apóstoles para que, cuando Él tenga que volver al Padre, lleven el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios al mundo entero. Eso será la vida de la Iglesia.
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