Meditación sobre Mt 11,28-30
Después de la preciosa oración de alabanza al Padre, Señor del cielo y de la tierra, Jesús nos dirige tres invitaciones:
“Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y Yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Jesús nos invita a ir a Él para darnos descanso. Solo Él, el Hijo Amado del Padre, puede hacerlo, porque ir a Jesús es encontrarse con el Amor con el que el Padre ama a su Hijo. Así lo expresa al final de la oración en el Cenáculo (Jn 17,25s):
“Padre justo, el mundo no te conoció; pero Yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu Nombre y lo daré a conocer, para que el Amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos.
Solo en ese Amor, que se abre a la eternidad, encontraremos el descanso para nuestras almas. Todo lo demás está bajo el poder de la angustia de la muerte eterna.
Luego Jesús nos invita a tomar sobre nosotros su yugo, y nos aclara que su yugo es suave y su carga ligera. En el discurso Eucarístico de la sinagoga de Cafarnaúm nos revela cuál es su yugo (Jn 6,37s):
“Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que Yo le resucite el último día”.
El yugo de Jesús es vivir obedeciendo a su Padre Dios para hacernos hijos de su Padre –que es lo que resucitarnos el último día significa–. El yugo de Jesús es vivir para obedecer a su Padre y darnos a nosotros la vida eterna.
Jesús nos pide que vivamos obedeciendo a Dios y colaborando con Él en la salvación de las almas, que es la más divina de todas las cosas divinas. No es extraño que nos diga que su yugo es suave y su carga ligera. Y, además, es entusiasmante: cómo enriquece nuestra vida y dilata su horizonte la Palabra de Jesús.
La tercera invitación que nos hace el Señor es que aprendamos de Él, que es manso y humilde de corazón. Toda la vida de Cristo es escuela en la que aprendemos la mansedumbre y la humildad del Corazón de Jesús, pero lo es de un modo especial la Pasión. San Pedro expresa admirablemente el ejemplo que Cristo nos ha dejado (1Pe 2,18s):
Él no cometió pecado,
ni en su boca se halló engaño.
Al ser insultado, no respondía con insultos;
al ser maltratado, no amenazaba,
sino que ponía su causa en manos del que juzga con justicia.
Subiendo al madero,
Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo,
a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia;
y por sus llagas fuisteis sanados.
Qué precioso canto. Realmente tenemos que aprender del Señor, que es manso y humilde de corazón. Él es Dios y sube a la Cruz –el más ignominioso de los suplicios– despojado de sus vestiduras, cubierto con toda la pestilencia y repugnante suciedad de nuestros pecados, con todo lo que es odioso y vil en la conducta humana. El Corazón manso y humilde de Cristo acoge los pecados de los hombres. No solo la violencia fruto del pecado, también el corazón pecador. Así podemos morir a nuestros pecados y vivir para la justicia, que es vivir para la santidad que recibimos del Corazón de Jesús.
Jesús es el Hijo y pone su causa en manos de su Padre, que es el que juzga con justicia. Así la violencia muere en el Corazón de Jesús. El Corazón manso y humilde de Cristo rompe la terrible espiral de la violencia, esa espiral que introdujo en el mundo el pecado del origen y que ha sido la causa de tantísima sangre inocente derramada. La violencia no pasará al ámbito de la vida del Resucitado.
Jesús siempre invita. Jesús no avasalla, ni manipula, ni amenaza. No. Él invita. Y Jesús, al invitarnos, nos descubre un asombroso horizonte y una asombrosa riqueza de vida: podemos vivir con Él, porque nos invita a ir a Él, y como Él, porque nos invita a aprender de Él; y nos da la gracia para hacerlo. Así, nos dirá San Pablo, nos iremos revistiendo de nuestro Señor Jesucristo.
Jesús siempre invita. De cada uno depende acoger las invitaciones que Jesús nos hace. Siempre el respeto del Señor por nuestra libertad.
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