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Jesús nos invita

 Meditación sobre Mt 11,28-30

Después de revelarnos que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, Jesús invita a todo el que quiera acoger esa revelación:

“Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y Yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Solo Jesús, el Hijo Amado del Padre, puede darnos descanso; un descanso que se abre a la vida eterna. Solo Él nos puede revelar que ha venido al mundo a librarnos del poder del pecado y a trasladarnos al Reino del Amor del Padre. Solo en ese Reino encontraremos el descanso para nuestras almas. Todo lo demás está marcado con el sello del pecado y de la muerte.

Jesús nos invita a tomar sobre nosotros su yugo. En el Cenáculo, cuando está a punto de salir al encuentro con la Cruz, el Señor nos explica de qué yugo se trata:

“Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder. Pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”.

El yugo de Jesús es vivirlo todo por amor obediente y humilde a su Padre Dios. Ese es el yugo que nos invita a tomar sobre nosotros; un yugo que es suave y una carga que es ligera porque el Padre no nos va a dejar solos.

Después de estas dos invitaciones, ahora Jesús nos invita a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Toda la vida de Cristo es escuela en la que aprendemos la mansedumbre y la humildad del Corazón de Jesús, pero lo es de un modo especial la Pasión. San Pedro expresa admirablemente el ejemplo que Cristo nos ha dejado (1 Pe 2,18s):

 

Él no cometió pecado,

ni en su boca se halló engaño.

Al ser insultado, no respondía con insultos;

al ser maltratado, no amenazaba,

sino que ponía su causa en manos del que juzga con justicia.

Subiendo al madero,

Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo,

a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia;

y por sus llagas fuisteis sanados.

Porque erais como ovejas descarriadas,

pero ahora habéis vuelto al Pastor

y Guardián de vuestras almas.

Qué precioso canto. Realmente tenemos que aprender del Señor que es manso y humilde de corazón. Él es Dios y sube a la Cruz –el más ignominioso de los suplicios– despojado de sus vestiduras, cubierto con toda la pestilencia y repugnante suciedad de nuestros pecados, con todo lo que es odioso y vil en la conducta humana. El Corazón manso y humilde de Cristo acoge los pecados de los hombres. Todos.

   Jesús es el Hijo y pone su causa en manos de su Padre. Así la violencia muere en la Cruz de Jesús. La Cruz de Cristo rompe la terrible tradición de la espiral de la violencia, esa espiral que introdujo en el mundo el pecado del origen y que ha sido la causa de tantísima sangre derramada. La violencia no pasará al ámbito de la vida del Resucitado.

Jesús siempre invita. Jesús no avasalla, ni manipula, ni amenaza. No. Él invita. Por eso usa con tanta frecuencia las formas condicionales. Y Jesús, al invitarnos, nos descubre un horizonte asombroso para vivir como Él; y nos da la gracia para hacerlo. Jesús siempre invita. De cada uno depende acoger las invitaciones que Jesús nos hace.


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