Meditación sobre Mt 13,31-35
Entre la exposición de la parábola de la cizaña del campo y su explicación, Mateo abre un espacio en el que coloca dos parábolas breves. La primera parábola breve es la del grano de mostaza:
Otra parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”.
Las parábolas de Jesús se entienden con claridad escuchándolas con el horizonte de la vida de la Iglesia: el contraste entre lo que era el Reino de los Cielos en la tierra cuando Jesús pronunció esta parábola y lo que es hoy. El mensaje que nos deja la historia de la Iglesia es claro: no hay que desanimarse; hay que trabajar para implantar el Reino de los Cielos en nuestro mundo sin desanimarse.
Ese «grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo» tiene la vitalidad para hacerse un gran árbol en el que puedan encontrar alimento y refugio gentes de toda condición. Pero en las iniciativas que el Espíritu Santo inspira en la Iglesia hay que tener paciencia; lo normal es que los principios sean modestos. Hay que hacer lo que esté a nuestro alcance y ponerlo todo en las manos de Dios.
Jesús nos dice que ese árbol en el que se transforma el pequeño grano de mostaza es capaz de acoger las aves del cielo, que vienen y anidan en sus ramas. La historia de la Iglesia es la historia de las instituciones de acogida. Desde los comienzos la Iglesia ha dado una importancia particular a la atención de las personas necesitadas. Cuantísimos hospitales, orfanatos, colegios, residencias de ancianos, etc. han brotado en la Iglesia. Por eso me parece que una forma de entrar en esta parábola del grano de mostaza es participar en la obra de ayuda humanitaria de la Iglesia.
Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”.
El Reino de los cielos tiene la capacidad y el vigor de fermentar toda la sociedad. San Pablo lo expresa admirablemente (1Co 15,20s):
Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad.
¿Cómo podemos entrar en esta parábola de la levadura? Lo haremos procurando ser fermento en la masa; haciendo eficaz, allí donde estemos, la vida de Cristo resucitado. Así haremos presente el Reino de los Cielos.
El evangelista termina con un comentario suyo en el que subraya que las parábolas de Jesús son el cumplimiento de las Escrituras de Israel:
Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Abriré en parábolas mi boca,
publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
La cita es el segundo versículo del Salmo 78. Este poderoso Salmo celebra el amor y la fidelidad de Dios a pesar de las repetidas infidelidades de Israel. Me parece que los ocho primeros versículos del Sal 78 expresan con fuerza lo que Mateo quiere subrayar de las parábolas de Jesús.
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