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El Espíritu de Dios

Meditación sobre 1 Jn 3,23-4,6

Jesús, en la sinagoga de Cafarnaúm, nos revela la obra de Dios (Jn 6,29):

“Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado”.

Y, a punto ya de encaminarse a Getsemaní, nos deja su mandamiento (Jn 15,12):

“Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado”.

Con el horizonte de estas palabras escuchamos lo que la Carta de San Juan nos dice del mandamiento de Dios:

Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros conforme al mandamiento que nos dio. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

El mandamiento de Dios es que creamos en su Hijo y, fruto de esa fe, que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. Si guardamos los mandamientos de Dios, Dios permanece en nosotros y nosotros en Él.

   Conocemos que Dios permanece en nosotros por el Espíritu que nos dió. Porque el Espíritu de Dios nos lleva a creer cada vez más profundamente en el nombre de su Hijo Jesucristo –no hay ciencia humana que nos pueda llevar desde Jesús de Nazaret hasta el Hijo Unigénito de Dios–; y el Espíritu que Dios nos ha dado nos hace capaces de amar cada vez más plenamente con el amor con el que Jesucristo nos ama –todos los demás amores son puramente humanos y están marcados con el sello de la muerte–.

San Juan nos enseña a distinguir entre los espíritus que vienen de Dios y los que son del Anticristo:

Queridísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ése es el del Anticristo, el cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.

Con qué cariño se dirige el apóstol Juan a los cristianos, y qué extraordinaria importancia tiene lo que nos dice. El texto es denso y claro. Tiene una estructura transparente: hay que examinar todos los espíritus para llegar a conocer los espíritus que vienen de Dios. El criterio para conocer el espíritu de Dios es claro: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios. La Encarnación del Hijo de Dios es el corazón del cristianismo. Solo el Espíritu de Dios nos puede llevar a conocer este misterio. El Espíritu de Dios nos llevará siempre y solo a conocer y vivir en la fe el misterio de Jesucristo.

   Cuando San Pablo nos dice que examinemos si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo, nos está diciendo que el cristianismo no es para borregos ni para timoratos: exige iniciativa y responsabilidad personal. San Juan nos garantiza que podemos conocer el Espíritu de Dios; esto significa que el que no lo conoce es porque se cierra voluntariamente a la acción de Dios en él. Siempre está en juego la libertad personal. Siempre la elección:

Ahora San Juan comienza haciendo una referencia a los espíritus del Anticristo:

Vosotros, hijos míos, sois de Dios y los habéis vencido, pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha, el que no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

Lo que nos dice aquí San Juan es clarísimo: nosotros somos de Dios; por eso podemos vencer a los espíritus del mundo. No es mérito propio; es la acción del Espíritu de Dios en nosotros.

   Y es clarísimo lo que nos dice acerca de quién nos va a escuchar y quién no. Así llegamos a conocer el espíritu de la verdad y el espíritu del error. No hay que extrañarse de nada; ni dejarse influir por nada. Lo que sí hay que hacer es darle muchas gracias a Dios por todas sus bendiciones.


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