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El Espíritu de Dios

Meditación sobre 1 Jn 3,23-4,6


Jesús, en la sinagoga de Cafarnaúm, nos revela la voluntad de Dios:


“Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que Yo lo resucite el último día”.


Y, a punto ya de encaminarse a Getsemaní, nos deja su mandamiento:


“Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado”


Con el horizonte de estas palabras escuchamos o que la Carta de San Juan nos dice del mandamiento de Dios:


Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros conforme al mandamiento que nos dio. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.


El mandamiento de Dios es que creamos en su Hijo y, fruto de esa fe, que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. Si guardamos los mandamientos de Dios, Él permanece en nosotros y nosotros en Él. 

   La clave es la fe en Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Pero no hay ciencia humana que nos pueda llevar a conocer que Jesús de Nazaret es el Unigénito de Dios y a creer en Él. Solo el Espíritu de Dios puede hacerlo. Sin el Espíritu que Dios nos da no tenemos acceso a la fe en Jesucristo ni somos introducidos en la comunión de vida con Dios. Por eso la importancia de conocer el Espíritu de Dios y creer solo en Él:


Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ése es el del anticristo, el cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. 


Con qué cariño se dirige el apóstol Juan a los cristianos, y qué extraordinaria importancia tiene lo que nos dice. El texto es denso y claro. Tiene una estructura transparente: hay que examinar todos los espíritus para llegar a conocer el Espíritu de Dios y a creer en Él. El criterio es claro: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios. La Encarnación del Hijo de Dios es el corazón del cristianismo. Solo el Espíritu de Dios nos puede llevar a conocer este misterio, y todo lo que confiesa el Espíritu de Dios es que Jesucristo ha venido en carne. El Espíritu de Dios nos llevará siempre y solo a conocer y vivir en la fe el misterio de Jesucristo. 


Examinad. El cristianismo no es para borregos ni timoratos; exige iniciativa y responsabilidad personal. San Juan me garantiza que puedo reconocer al Espíritu de Dios; esto significa que el que no lo reconoce es porque se cierra voluntariamente a la acción del Espíritu de Dios en él. Siempre está en juego la libertad personal. Siempre la elección:


Vosotros, hijos míos, sois de Dios y los habéis vencido, pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios nos escucha, el que no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.


La batalla no es contra el mundo ni contra el anticristo. La batalla es para dejarse llevar a la fe en Jesucristo por el Espíritu de Dios. La clave del cristianismo es confesar que Dios Hijo se ha hecho hombre; verdadero hombre. El que cree que el Hijo de Dios es también Hijo del hombre ha vencido al mundo; el mundo ya no tiene ningún poder sobre él. La Humanidad de Jesucristo significa que todo lo verdaderamente humano ha sido asumido y transformado por Dios, que se han hecho divinos los caminos de la tierra. Lo que el Hijo de Dios no asume pertenece al mundo del anticristo, que está llamado a desaparecer.



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