Meditación sobre Mt 12,46-50
En el Cenáculo, cuando está a punto de salir al encuentro con la Cruz, Jesús se dirige a su Padre Dios en una larga oración. Éste es el comienzo:
“Padre, ha llegado la Hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que Tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame Tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese”.
El corazón de este comienzo es lo que Jesús le dice al Padre que ya ha hecho: le ha glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. En estas pocas palabras Jesús nos ha dejado su biografía. Hacer la voluntad del Padre es lo que da sentido y valor a su vida. En Belén, en el taller de Nazaret, predicando en las sinagogas de Galilea, en la Cruz, Jesús está llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. Por eso todo lo que hace tiene valor Redentor.
Con este horizonte escuchamos a San Mateo:
Todavía estaba Jesús hablando a la gente cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con Él. Uno se lo avisó: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo”. Pero Él contestó al que le avisaba: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
Jesús nos dice que para pertenecer a su familia hay que vivir como Él ha vivido: haciendo la voluntad de su Padre que está en los cielos. Ese es el vínculo de unidad de la familia de Jesucristo: el que cumple la voluntad de su Padre celestial es su hermano, su hermana y su madre. Lo demás es sentimentalismo. Pero el sentimentalismo es muy peligroso, porque hay otra palabra de Jesús, una palabra que quiera Dios que no lleguemos a escuchar (Mt 7,21-23):
“No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí los que obráis la iniquidad!”
Qué palabras tan fuertes las que Jesús dirigirá en aquel Día –el día del Juicio– a los que, por que no han hecho la voluntad del Padre han pasado por este mundo obrando la iniquidad, haciendo el mal, causando muerte y sufrimiento.
Para Jesús la voluntad de su Padre celestial es el criterio de todo: de su vida, de nuestra relación con Él, y de la entrada en el Reino de los Cielos. La obediencia al Padre es el vínculo de comunión familiar que nos une con Jesús y entre nosotros; la realidad que abre nuestra vida a la eternidad. Ser cristiano es hacerlo todo por obediencia amorosa al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Excursus: La Asunción de la Madre de Jesús
Jesús, como tantas veces, nos está hablando de su Madre. Estas palabras suyas son la mayor alabanza que nos puede dejar sobre su Madre. ¿Hay alguna persona humana que haya hecho siempre y sólo la voluntad de Dios? Sí. Hay una. Sólo una. No habrá otra. Es una mujer: María de Nazaret, la Madre de Jesús.
La Concepción Inmaculada y la Asunción de María manifiestan que su vida ha sido siempre y solo obedecer al que la ha elegido para ser la Madre del Redentor, y llevar a cabo la obra que le ha encargado realizar.
Con la Asunción comienza una nueva etapa de la obediencia de María. El Padre encarga a la Madre de su Hijo ser Madre de la Iglesia. Y lo hace para que nos sea fácil aprender a obedecerle. Por eso el Espíritu Santo ha ido llenando la vida de la Iglesia con la presencia de María. Y cuánta obediencia y amor a Dios ha brotado en estos veinte siglos del amor a la Virgen. Cada vez que miramos una imagen de nuestra Madre escuchamos a su Hijo que nos dice: “Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Ya sabemos qué es lo único verdaderamente importante en nuestra vida.
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