Meditación sobre Jn 16,28-33
Estamos en el Cenáculo. La larga conversación de Jesús con sus discípulos toca a su fin. Ha sido una poderosa revelación y una sentida despedida. Jesús nos deja una declaración profunda y directa sobre su identidad y misión:
“Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre”.
Estas palabras contienen su Misterio: desde la Encarnación del Hijo de Dios a la Ascensión de Cristo Resucitado. Estas palabras contienen lo permanente, lo firme, lo inamovible del cristianismo. El fundamento es, como Jesús nos reveló al final del encuentro con Nicodemo, el Amor que su Padre Dios nos tiene:
“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo Único de Dios”.
Jesús está a punto de culminar la obra de salvación que el Padre le ha encomendado realizar y de darnos el testimonio pleno del Amor que el Padre nos tiene. Eso es la Cruz. Estamos en la hora de la fe en el Nombre del Hijo Único de Dios. Es esta fe la que abrirá nuestra alma al Amor del Padre y a la salvación que de Dios nos viene.
Con estas palabras Jesús nos lo ha dicho todo. La intervención de los discípulos le va a dar ocasión de centrarse en algún aspecto:
Dijéronle los discípulos: “Ahora hablas claramente y no dices parábola alguna. Ahora sabemos que conoces todas las cosas y que no necesitas que nadie te pregunte. En esto creemos que has salido de Dios”.
Respondioles Jesús: “¿Ahora creéis? He aquí que llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a mí me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad, Yo he vencido al mundo”.
Las palabras de Jesús entusiasman a sus discípulos, aunque enseguida el Señor va a poner ese entusiasmo en su sitio. Ha llegado la hora en la que a los discípulos les va a fallar la fe, se dispersarán cada uno por su lado y a Jesús lo dejarán solo. Muchas veces y de muchos modos les había explicado Jesús a sus discípulos lo que le esperaba en Jerusalén, pero estos hombres estaban bajo el poder de un profundo prejuicio y no han escuchado lo que el Señor les ha ido revelando acerca de la necesidad de la Cruz.
Todo esto es muy triste pero, para la obra de la Redención lo único importante es lo que Jesús les dice:
“No estoy solo, porque el Padre está conmigo”.
Tiempo atrás, enseñando en el Templo, Jesús nos había revelado (Jn 8,28s):
“Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada a Él”.
Porque Jesús hace siempre lo que le agrada al Padre podrá decirnos:
“Confiad, Yo he vencido al mundo”.
Jesús vence al mundo y nos abre el camino para que también nosotros lleguemos a llamarnos vencedores. Y el mundo que se le opone es el que está marcado con el sello del odio a Dios y de la desobediencia.
Jesús les ha dicho todo esto a sus discípulos para que tengan paz en Él, para que no se hundan definitivamente y para que, cuando llegue la hora de la tribulación, confíen en que Él está con el Padre y ha vencido al mundo. Con esa paz y esa confianza vencerán todas las luchas que van a tener en el mundo.
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