Meditación sobre Lc 23,32-43
Estamos en el camino del Calvario. Después de narrarnos el encuentro de Jesús con las Hijas de Jerusalén, San Lucas continúa;
Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con Él. Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Dividiendo sus vestidos, echaron suerte sobre ellos.
El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es rico en misericordia. En el Corazón de Jesús habita la plenitud de la misericordia divina corporalmente. El Hijo de Dios ha venido al mundo a ejercer el ministerio de la misericordia. Eso es lo primero que hace en cuanto es crucificado en el Calvario. Y allí, entre dos malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda, del Corazón de Cristo brota la oración que envolverá la tierra entera y llegará hasta el Trono de su Padre Dios pidiendo por los que le crucifican –que es pedir por cada uno de nosotros, porque a Jesús le han crucificado nuestros pecados–.
Para crucificar a Jesús lo despojaron de sus vestiduras. Al Señor no se le puede ahorrar ninguna humillación. El vestido confiere al hombre su posición social. Despojarlo de sus vestidos significa que Jesús no es más que un marginado despreciado por todos. Todo se lo han quitado: su libertad, su Madre, sus amigos, su actividad, su prestigio. Ahora le quitan, incluso, la dignidad de su cuerpo. Totalmente desnudo, es expuesto a la mofa. Las burlas que acompañan a Jesús desde el comienzo de la Pasión se van a acentuar:
Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: “A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!”
El pueblo estaba mirando. En el relato de Lucas es un mirar curioso, no burlón. El evangelista ha sabido hacer que sobre el Calvario sople una brisa de humanidad. Cuando todo termine nos dirá:
Y toda la multitud que se había reunido ante este espectáculo, al contemplar lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho.
Los magistrados y los soldados se burlan de Jesús diciéndole que, si es el Cristo de Dios, el Elegido, el Rey de los judíos, lo demuestre salvándose a sí mismo. Pero, precisamente por que es todo eso –y en una medida que los burlones no pueden entender– Jesús pone su salvación en las manos de su Padre Dios.
El Señor tiene que experimentar todos los grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, será un paso de nuestra Redención. El alma de Jesús es fuerte, profunda, noble y delicada. Su sentido del honor es muy grande. El deshonor lo acosa como una llama devoradora. Pero Él está cumpliendo la voluntad de su Padre Dios y va a perseverar hasta el final.
Las burlas no han terminado, aunque esta vez van a abrir un camino insospechado. Todo va a suceder entre tres hombres clavados en tres cruces.
Había encima de Él una inscripción: «Este es el Rey de los judíos». Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!” Pero el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Después de los insultos del primero de los malhechores colgados, la intervención del segundo, saliendo en defensa de Jesús, lo transforma todo. Jesús y este hombre –el buen ladrón– siguen en el Calvario, siguen colgados de la cruz, siguen rodeados de una chusma burlona, pero están en otro mundo. Están en el mundo de la misericordia de Dios y del perdón que el Hijo ha venido a traernos; están en el mundo en el que el hombre se sabe pecador y sabe que Jesús, que nada malo ha hecho, puede apiadarse de él en el último momento; están en el mundo en el que puede resonar la palabra de Cristo que se abre a la eternidad:
Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Quiera Dios que también nosotros lleguemos a escuchar esas palabras. Será la prueba definitiva de que todo ha valido la pena.
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