Meditación sobre Jn 16,16-23
La conversación de Jesús con sus discípulos en el Cenáculo, además de una poderosa revelación, ha sido una larga despedida: el Hijo les ha anunciado que tiene que ir al Padre; también les ha asegurado que le volverán a ver. La conversación llega a su fin. Habla Jesús:
“Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”.
Jesús ya les ha revelado varias veces este misterio a sus Apóstoles. El Señor dejará de ser visto por ellos como lo ha sido hasta entonces; lo volverán a ver, pero lo verán de un modo nuevo. El «ya no me veréis» que Jesús dice a sus discípulos mantendrá una dimensión de verdad: cuando Jesús sea sepultado se cerrará una etapa de ver al Hijo de Dios encarnado; una etapa que se abrió en Belén y que ha durado poco más de treinta años. Los que, como los apóstoles y, sobre todo, María y José han podido ver con sus ojos a Jesús y escuchar con sus oídos sus palabras han sido verdaderamente privilegiados. Así se lo había dicho el Señor:
Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Lc 10,23s).
Los Apóstoles volverán a ver a Jesús cuando se les presente en ese mismo Cenáculo la tarde del día de su Resurrección.
La reacción:
Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: “¿Qué es eso que nos dice: «Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver» y «me voy al Padre»?” Y decían: “¿Qué es ese poco? No sabemos lo que quiere decir”.
La respuesta de Jesús:
Jesús comprendió que querían preguntarle y les dijo: “¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: «Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver»? En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. En aquel día no me preguntaréis nada”.
Jesús está hablando de su pasar de este mundo al Padre por el camino de la Muerte y la Resurrección. Los discípulos no le entienden. Ya se lo había anticipado otras veces, pero este misterio sólo se puede entender –en la medida en que se puede entender– después de sucedido y con la asistencia del Espíritu Santo.
Los discípulos se entristecerán, pero su tristeza se transformará en alegría cuando el Señor Resucitado vuelva a encontrarse con ellos. Esa alegría nadie se la podrá quitar. El encuentro con Cristo Resucitado es la alegría capaz de acoger y dar sentido a todas las fatigas y sufrimientos de la vida.
La imagen de la mujer en trance de dar a luz es muy gráfica. Jesucristo Resucitado es el Hombre que va a nacer; de su vida recibiremos todos la vida de hijos de Dios: Él nos resucitará el último día. El mundo viejo ha pasado; con la Resurrección de Cristo se inicia una nueva creación que se abrirá a la eternidad.
La presencia de Jesús Resucitado será la luz poderosa que lo ilumine todo. Cuando los discípulos se encuentren con el Señor ya no le preguntarán nada; ya no hará falta preguntar. Cristo Crucificado y Resucitado es la respuesta a todas las preguntas del hombre: a la pregunta sobre el origen y el destino de nuestra vida; sobre el sentido del sufrimiento y la muerte; sobre el poder de la mentira y la injusticia en el mundo. Es la respuesta a tantas otras preguntas que los hombres nos hacemos. Pero Cristo Crucificado y Resucitado es, sobre todo, la respuesta a la pregunta por excelencia que el hombre se hace: la pregunta sobre el Amor que Dios nos tiene. No hay otra respuesta.
Qué terrible es la palabra:
“En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará”.
El mundo se va a alegrar de la Pasión, Crucifixión y Muerte de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, el que nos ha sido enviado por Dios Padre para salvarnos. Y el mundo se alegrará también del dolor de la Madre de Jesús y de los cristianos. Es una palabra terrible y reveladora. Se refiere a toda esa realidad tenebrosa, dominada por Satanás, que se alegra de que las personas sufran y lloren; esa realidad que se alegra de hacer el mal. Es el mundo que comenzó su historia con el pecado del origen y la terminará cuando Jesús vuelva a vernos de forma plena y definitiva en la Parusía. La alegría del mundo está marcada con el sello del Juicio.
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