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La sepultura de Jesús

Meditación sobre Lc 23,50-56

San Lucas acaba de narrarnos la muerte de Jesús:

Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” y, dicho esto, expiró.

Ahora el cuerpo de Jesús va a ser sepultado. Es una escena de gran nobleza. Después de la violencia, los desprecios y las burlas que Jesús ha sufrido en la Pasión esta escena es muy consoladora. Solo están cuidando el cuerpo del Señor José de Arimatea y las mujeres de Galilea.

Había un hombre llamado José, varón bueno y justo, miembro del Consejo, que no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Éste se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía. Era el día de la Parasceve y comenzaba a brillar el sábado.

Qué hombre tan grande es José de Arimatea. Es profundamente religioso y tiene el valor de presentarse ante  Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús, que trata con una piedad extrema. José es un hombre generoso y, como nos dice San Mateo (cf. Mt 27,59s), descolgó el cuerpo de Jesús y lo puso, envuelto en una sábana, en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca y donde nadie había sido colocado todavía.

Jesús desciende a la morada de los muertos como Salvador. Así lo había anunciado:

“En verdad, en verdad os digo: llega la hora –ya estamos en ella– en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida y los que hayan hecho el mal para una resurrección de juicio” (Jn 5,25s).

La voz del Hijo de Dios es portadora de la vida y del poder de juzgar que el Hijo del hombre recibe del Padre.

Jesús desciende a la morada de los muertos para aniquilar al señor de la muerte, es decir, al Diablo. Así libertará a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Justo antes de la Pasión, Jesús nos reveló:

“Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”. Vino entonces una voz del cielo: “Le he glorificado y de nuevo le glorificaré”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús respondió: “No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir (Jn 12, 27s).

Ante la visión de Cristo resucitado el autor del Apocalipsis nos dice:

Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: “No temas, soy Yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,17s).

Qué poderosa densidad de revelación. El Hijo del hombre tiene el poder –las llaves– de la Muerte y del Hades; ha echado fuera al Príncipe de este mundo. Por eso nos dirá San Pablo:

Por lo cual Dios le exaltó

y le otorgó el Nombre

que está sobre todo nombre.

Para que al Nombre de Jesús

toda rodilla se doble en los cielos,

en la tierra, y en los abismos,

y toda lengua proclame

que Cristo Jesús es Señor,

para gloria de Dios Padre (Flp 2,9s).

Jesús desciende a la morada de los muertos para que el cristiano, en el bautismo, pueda ser sumergido en su muerte. San Pablo nos lo explica admirablemente:

Si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con Él sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, que la muerte no tiene ya señorío sobre Él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios. Así también vosotros consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rom 6,8s).

San Lucas terminar el relato de la sepultura de Jesús volviendo la mirada a las mujeres de Galilea:

Las mujeres que habían venido con Él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto.

Poco podían sospechar estas admirables mujeres con lo que se iban a encontrar cuando, después del sábado, el primer día de la semana, muy de mañana, fueran al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.


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