Meditación sobre Lc 23,44-49
San Lucas nos dice que cuando crucificaron a Jesús había una inscripción: «Este es el Rey de los judíos». Muchos de los que estaban allí se burlaron. Una persona, que también cuelga de la cruz, no se burla; se toma la inscripción en serio y le dice al Señor: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Jesús –«Yahvé salva»– también se toma en serio a esta persona: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Cómo supo este hombre quién es Jesús. Eso solo Dios Padre lo sabe. Así nos lo reveló Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm:
“Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí”.
Esta es la clave de todo encuentro con Jesús. Y esta es la clave del encuentro entre el Crucificado y este hombre al que la tradición llama «el buen ladrón». Ese encuentro que le da al Señor la oportunidad de vivir el ministerio del perdón hasta el final.
A continuación San Lucas nos narra la muerte de Jesús:
Era ya alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Se oscureció el sol y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto expiró.
La vida de Jesús en la tierra ha sido glorificar a Dios llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. Ha llegado la plenitud y, con una gran voz –una voz que envuelve el cielo y la tierra y lleva los ecos de la salvación a todo corazón humano–, lo pone todo en manos de su Padre Dios. Si ponemos nuestros pecados en esa última palabra que Jesús dirige a su Padre, el Señor los transformará en amor y obediencia a Dios; desde esa hora podremos expiar y reparar por todo el mal que hayamos hecho en la vida.
El don de la vida de Jesús es un gesto libre y consciente y, al mismo tiempo, un gesto de obediencia al mandato que ha recibido del Padre. En el Evangelio de San Juan (Jn 10,11s) el Señor nos revela este admirable misterio:
“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y las dispersa porque es asalariado y no le importan las ovejas.
Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así Yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a esas también es necesario que las traiga; y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre”.
El expirar de Jesús es poner plenamente su vida en el amor con el que el Padre le ama. La Resurrección de Cristo –obediencia al mandato que ha recibido de su Padre– será la manifestación definitiva de que el Padre acoge en su amor la entrega que Jesús le hace de su vida por nosotros.
La reacción de los que quedan al pie de la Cruz:
El centurión, al ver lo que había sucedido, glorificó a Dios diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo”. Y toda la multitud que se había reunido ante este espectáculo, al contemplar lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho. Todos los conocidos de Jesús y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban observando de lejos estas cosas.
El centurión debe de ser un hombre de corazón noble y Dios está ya obrando en él. Quizá pocos días después sea ya miembro de la Iglesia y pueda dedicar el resto de su vida a dar testimonio de Jesucristo y a dar gloria a Dios. Si esto es así, el estar ese viernes de servicio en el Calvario fue para él una inimaginable gracia de Dios.
La multitud, reunida para ver el espectáculo, al contemplar lo ocurrido comienzan a recorrer el camino del arrepentimiento y quizá lleguen a formar parte de los grupos que se irán incorporando a la Iglesia, esos grupos de los que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles. Los conocidos de Jesús y el admirable grupo de las mujeres de Galilea, aunque observan esas cosas de lejos las observan con el corazón. Enseguida llegará la hora de acercarse.
Excursus: Las tinieblas.
Dice San Lucas:
Era ya alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona.
Se apaga el mundo viejo, el mundo marcado por el pecado; toda la tierra se cubre de tinieblas. Ya Amós, tantos siglos antes, lo había profetizado como señal característica del Día del Juicio:
Aquel día –oráculo del Señor Dios–
haré ponerse el sol a mediodía
y oscurecerse la tierra en pleno día.
Pero la oscuridad no tendrá la última palabra. En el amanecer del primer día de la semana, con la Resurrección de Jesucristo, aparecerá el mundo nuevo al que se refiere el Apocalipsis en el cap. 21:
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía:
“Ésta es la morada de Dios con los hombres. Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó”.
Excursus: El velo del Templo.
Dice San Lucas:
Se oscureció el sol y el velo del Templo se rasgó por la mitad.
El Templo de Jerusalén ha cumplido la misión que Dios le encargó. Durante siglos fue el único santuario donde se dio el verdadero culto a Dios y, como revelan los Evangelios, tuvo una importancia extrema en los años de vida pública de Jesús. Pero con la Cruz de Cristo su misión ha terminado. La Carta a los Hebreos lo explica con profundidad.
Primero nos dice (Heb 9,1s) cómo era el culto del Templo de Jerusalén:
También la primera Alianza tenía sus ritos litúrgicos y su santuario terreno. Porque se preparó la parte anterior de la Tienda, donde se hallaban el candelabro y la mesa con los panes de la presencia, que se llama Santo. Detrás del segundo velo se hallaba la parte de la Tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para el incienso, el arca de la Alianza –completamente cubierta de oro– y en ella la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que retoñó y las tablas de la Alianza. Encima del arca, los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio. Mas no es éste el momento de hablar de todo ello en detalle.
Preparadas así estas cosas, los sacerdotes entran siempre en la primera parte de la Tienda para desempeñar las funciones del culto. Pero en la segunda parte entra una vez al año, y solo, el Sumo Sacerdote, y no sin sangre que ofrecer por sí mismo y por los pecados del pueblo. De esa manera daba a entender el Espíritu Santo que aún no estaba abierto el camino del Santuario mientras subsistiera la primera Tienda.
Todo esto estaba esperando la venida del Señor (Heb 9,11s):
Pero Cristo, al presentarse como Sumo Sacerdote de los bienes futuros a través de un Tabernáculo más excelente y perfecto –no hecho por mano de hombre, es decir, no de este mundo creado– y a través de su propia Sangre –no de la sangre de machos cabríos y becerros– entró de una vez para siempre en el Santuario y consiguió así una redención eterna.
Y la Carta insiste (Heb 9,24s):
Porque Cristo no entró en un santuario hecho por mano de hombre –representación del verdadero–, sino en el mismo cielo, para interceder ahora ante Dios en favor nuestro.
La conclusión (Heb 10,19s):
Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el Santuario en virtud de la Sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo inaugurado por Él para nosotros a través del velo, es decir, de su propia carne; y con un sacerdote grande al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa.
Dios es el autor de la Promesa. Y Dios es fiel. Para cumplir la Promesa nos envió a su Hijo; y Cristo derramó su Sangre en la Cruz. Ahora nos corresponde a nosotros acercarnos a este Misterio de amor de la Santísima Trinidad con sincero corazón y en plenitud de fe.
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