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Yo te alabo, Padre

Meditación sobre Mt 11,25-27

Después de llevar tiempo anunciando la venida del Reino de Dios en Corazín, Betsaida y Cafarnaún, los frutos del trabajo de Jesús son desoladores. Da la impresión de que el designio del Padre enviándonos a su Hijo para anunciar la venida del Reino de Dios ha fracasado totalmente; de nada han servido los milagros que Jesús ha hecho en esas ciudades. Eso es lo que expresa el juicio de Jesús:

“¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti”. 

No es una condena. El Hijo de Dios ha venido al mundo a salvar, no a condenar. Es una advertencia de lo que les espera a estas ciudades tan privilegiadas si no se convierten. No sabemos la reacción de estas ciudades ante las palabras de Jesús. Sí sabemos la reacción de Jesús ante el fracaso de su misión. ¿Desánimo? No. Su reacción fue una preciosa oración de alabanza a su Padre, el Señor del cielo y de la tierra y, por eso, el que está detrás de los milagros que Cristo ha realizado. Esta alabanza es también una poderosa revelación que Jesús nos deja: es el Designio salvador del Padre lo que está detrás de todo, y Él se adhiere con toda su voluntad a ese Designio:

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”.

Qué fuerza tiene esta oración de alabanza del Hijo. Todo depende de la voluntad del Padre, que revela su Designio de salvación al que quiere acogerlo y se lo oculta al que lo rechaza. Después de dos mil años de vida de la Iglesia es fácil saber a quién se refiere Jesús cuando dice «sabios e inteligentes» y cuando dice «pequeños». San Pablo lo expresa admirablemente (1Co 1,26-29):

 ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios.

En el marco de la alabanza al Padre, Señor del cielo y de la tierra, qué fuerza tiene ese “Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”. Estas palabras contienen la vida de Jesucristo, que es un decir siempre sí a su Padre Dios. ¿La razón? Porque es la voluntad de su Padre, porque así ha sido de su agrado. La Cruz es el testimonio definitivo de este modo de vivir. Para hacernos capaces de decir siempre sí al Padre –al margen de nuestras opiniones personales– ha venido el Hijo de Dios al mundo.

Después de la unión de voluntades, Jesús nos deja una importante revelación sobre la unidad de conocimiento:

“Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Jesús nos revela que Él es el Hijo Unigénito de Dios. Que todo lo recibe del Padre. Que solo el Padre lo conoce -por eso solo el Padre nos puede llevar a Él–. Y Jesús nos revela que solo Él conoce al Padre y nos lo puede dar a conocer. Lo hace con su presencia, con sus obras y con sus palabras. Así Jesús nos revela al Padre, el amor que el Padre nos tiene y el designio del Padre de darnos la vida eterna.


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