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Mujer, ahí tienes a tu hijo

 Meditación sobre Jn 19,25-30


Nos dice San Juan: 

Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados.


El Crucificado ya está completamente despojado. El Espíritu Santo nos dice que todo ha sido para que cumpliese el designio de Dios. También para que se cumpla la Escritura va a tener lugar el encuentro entre Jesús y su Madre: 


Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María mujer de Clopás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 


Desde el ya lejano día en el que el ángel Gabriel se presentó en Nazaret para anunciarle que Dios la había elegido para ser la Madre de su Hijo, María supo que llegaría esta hora; aceptó la maternidad divina consciente de lo que Dios le pedía. Ha llegado la hora de ofrecer a su hijo Jesús al Padre; de llevar a perfección lo que, con su esposo José, realizó en el Templo de Jerusalén cuando el niño tenía pocas semanas de vida; en el Calvario vive María  la verdadera «Presentación» de su Hijo. Y en el Calvario vive María la plenitud de su «Fiat». Desde aquí se abrirá una nueva dimensión de su Maternidad: Madre de los cristianos y Madre de la Iglesia.

   Jesús saldrá de este mundo como entró en él: envuelto en el amor de su Madre. Qué recuerdos tendría María junto a la Cruz de Jesús. Cómo se acordaría del día en que lo recibió de manos de Dios. Qué recuerdos del nacimiento en Belén; de los largos años en los que, con la ayuda inestimable de su esposo José, cuidó y educó a su hijo en Nazaret; de las conversaciones con Jesús. Qué años tan felices aquellos viendo que su hijo crecía y se fortalecía en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres y, a la vez, qué años tan dolorosos vividos bajo la sombra de la Cruz. Qué misterio tan insondable es la familia de Nazaret. 

   Ha llegado la Hora. Íntimamente unida a su Hijo, María lo ofrece al Padre y se ofrece Ella misma. El Espíritu Santo no ha querido dejarnos el diálogo de María con Dios en esa hora. Sí ha querido dejarnos, llevando a la Iglesia a la verdad sobre la Asunción, la seguridad de que el Padre aceptó el doble ofrecimiento que la Madre hizo en el Calvario de su Hijo y de Ella misma.


Desde la Cruz, Jesús hace con nosotros lo que su Padre hizo con Él: ponernos en manos de su Madre. En el Calvario comienza la plenitud de la misión que Dios tenía reservada para María de Nazaret. El Hijo de Dios ha venido al mundo para darnos el poder de llegar a ser hijos de su Padre Dios e hijos de su Madre María. El que acoge este doble don es el discípulo al que Jesús ama. Qué agradecidos tenemos que estar al Señor porque, ¿qué sería nuestra vida sin el amor de nuestra Madre? 


Han pasado veinte siglos desde el día en que Jesús nos dio a su Madre. Veinte siglos en los que el Espíritu Santo no ha dejado que las palabras de Jesús en el Calvario se pierdan, y no ha dejado de recordarnos y enseñarnos la riqueza insondable de lo que Jesús ha hecho al darnos a su Madre. Contemplamos lo que significa la Maternidad de María en la vida de la Iglesia y nos quedamos asombrados. Cuánto amor ha brotado del corazón de nuestra Madre. Y qué fenómeno tan divino es el amor a la Virgen de los cristianos de todos los lugares y tiempos, de toda condición. Fenómeno verdaderamente divino, porque el amor a nuestra Madre nos lleva al encuentro con Cristo en la Cruz. No puede ser de otro modo, porque de la Cruz brota nuestra filiación a María. Por eso el amor a la Madre de Jesús llena el corazón de deseos de santidad. 


Una vez que nos ha dado a su Madre, Jesús sabe que todo está cumplido:


Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.


“Tengo sed”. Es la segunda vez que el evangelista nos dice que Jesús obra para que se cumpliera la Escritura. Con este horizonte, las palabras que Jesús pronunció sabiendo que ya todo estaba cumplido se pueden interpretar, dentro de la riqueza de significado que se despliega al proyectarlas sobre la vida del Señor, como la sed que Jesús tiene de que queramos a su Madre como Él la ha querido en la tierra. El modo como el Espíritu Santo ha ido llevando a la Iglesia a amar a la Madre de Jesús me parece que apoya esta opinión. 


“Todo está cumplido”. Las últimas palabras de Jesús contienen el misterio de su vida. El Hijo ha venido al mundo a llevar a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. Una vez que nos ha dado a su Madre ya todo está cumplido. Ya puede inclinar la cabeza y entregar el espíritu.



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