Meditación sobre Jn 16,23b-27
Estamos en el Cenáculo. La larga conversación de Jesús con sus discípulos está llegando a su fin. Ya les ha dicho varias veces que tiene que ir al Padre y que tiene que ir solo, pero que volverá a buscarlos. Falta muy poco para que el Señor se encamine al encuentro con la Cruz. Jesús acaba de decirles a sus discípulos:
“Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar”.
Ahora se va a centrar en una dimensión importante de esa alegría: la oración de petición al Padre.
“En verdad, en verdad os digo: cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi Nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi Nombre; pedid y recibiréis para que sea cumplido vuestro gozo”.
Jesús introduce con solemnidad esta revelación tan poderosa. Las palabras de Jesús nos abren el camino que nos lleva a la Casa del Padre y nos llenan el corazón de gozo: todo lo que pidamos al Padre en nombre de su Hijo nos lo dará. Y ese recibir lo que pidamos en nombre de Jesucristo nos dará una alegría que nadie nos podrá quitar.
Si escuchamos las palabras del Señor y las vivimos, el alma se serena; y la vida queda marcada con el sello de la alegría, de la alegría del que sabe que todo lo que hay que hacer es pedir a Dios Padre en nombre de su Hijo Jesucristo. ¿Por qué nos amargamos la vida tantas veces? La respuesta me parece clara: porque somos tontos y no escuchamos a Jesús; y si no escuchamos al Señor, a saber a quién escuchamos.
Jesús es el Mediador. En su Nombre llega nuestra petición al Padre y en su Nombre el Padre nos dará todo lo que le pidamos. Y Jesús nos anima a pedir para que recibamos y, así, experimentar el gozo de la oración de petición, el gozo que experimenta el cristiano: a mi Padre Dios le intereso; me escucha y, si le pido en el nombre de su Hijo, me dará todo lo que le pida.
Jesús sigue hablándonos de la oración de petición:
“Esto os lo he dicho en parábolas; llega la hora en que ya no os hablaré más en parábolas, antes os hablaré claramente del Padre. Aquel día pediréis en mi Nombre, y no os digo que Yo rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado y creído que Yo he salido de Dios”.
Cuando Jesús vuelva al Padre nos enviará al Espíritu de la Verdad, que nos recordará todo lo que nos ha dicho y nos llevará a la verdad completa de sus palabras. Con la asistencia de su Espíritu y de su Iglesia, Jesucristo nos hablará claramente del Padre y del Amor que el Padre nos tiene, ese Amor que le ha llevado a entregarnos a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Solo Jesús puede revelarnos este Misterio, porque solo el Hijo conoce al Padre.
Cuando pidamos al Padre en nombre de su Hijo, no sólo descubriremos que Jesús ruega al Padre por nosotros –admirable misterio que seamos el tema de la oración de Cristo–, sino que conoceremos que el mismo Padre nos ama y, si el Padre nos ama, lo hace con el Amor con el que ama a su Hijo Unigénito. Y descubriremos que la razón de que el Padre nos ame es nuestro amor a Cristo y la fe en que Dios Padre nos lo ha enviado. Al final, en la vida del cristiano todo –también la eficacia de la oración– se fundamenta en el Amor de Dios Padre; y todo nos lo jugamos en el amor a Jesucristo y la fe en Él.
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