Meditación sobre Lc 22,31-38
Estamos en la Última Cena. Jesús les ha dicho a sus discípulos: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas”. Ahora cambia completamente el horizonte. Primero se dirige a Simón:
“¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos”.
El hombre, por el pecado, rechaza ser siervo de Dios y, libremente, se hace esclavo de Satanás. En la medida del pecado Satanás adquiere poder sobre él ante Dios.
Jesús ruega a Dios por Simón. Solo por Simón. Qué fuerza tienen estas palabras de Jesús: “Yo he rogado por ti”. Cristo le pide al Padre una sola cosa: que la fe de Simón no desfallezca. Jesús sabe que su Padre le escucha; por eso dice: “cuando hayas vuelto”. Entonces Simón estará en condiciones de cumplir la misión que Jesucristo le encarga. Solo Pedro podrá, por voluntad de Dios, confirmar a sus hermanos. Me parece que esta oración de Jesús es la razón del primado de Pedro en la Iglesia. Dios, que es el verdadero protagonista en estas palabras de Jesús, permanece en un segundo plano.
La historia de la Iglesia es el testimonio de la verdad de estas palabras de Jesús y de la eficacia de su oración.
La reacción de Pedro no deja de ser triste:
Él dijo: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”. Pero Él dijo: “Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces”.
Pedro no entiende las palabras de Jesús ni el panorama, también de prueba, que le abren. Pero las palabras de Jesús se pueden acoger y guardar sin entenderlas. Pedro no lo hace; se deja llevar por los sentimientos. Jesús, con su respuesta, nos sigue revelando el designio de Dios, designio que cuenta con las tres negaciones de Pedro.
Terminado este denso diálogo con Simón, el Señor se dirige a todos sus discípulos:
Y les dijo: “Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?” Ellos dijeron: “Nada”. Les dijo: “Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada”.
Una cosa es como fueron acogidos los discípulos de Jesús durante los años de la vida pública del Señor; otra cosa es como lo serán una vez que Cristo haya sido contado entre los malhechores. A los discípulos de Jesús, que participarán del destino de su Maestro, les esperan tiempos duros. Eso es lo que simboliza la bolsa, la alforja y la espada.
Se acerca el final de la conversación de Jesús con los suyos. Las palabras del Señor que vamos a escuchar son especialmente reveladoras:
“Porque os aseguro que debe cumplirse en mí lo que está escrito: Y fue contado entre los malhechores. Porque lo que se refiere a mí llega a su fin”.
Jesús nos revela que ha de cumplirse en Él lo que está escrito. Es Jesús el que nos lo revela, porque es el Hijo el que sabe que eso responde al designio salvador del Padre. Por eso estaba anunciado en las Escrituras de Israel desde hacía siglos. Estaba allí, en la profecía del Siervo sufriente de Yahveh del libro de Isaías, esperando al que pudiera decir: “Os aseguro que debe cumplirse en mí lo que está escrito”. Ese es Jesús. Pablo, en la segunda Carta a los Corintios, nos dice que todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Cristo Jesús, el Hijo de Dios.
Estas palabras que Jesús nos asegura que deben cumplirse en Él pertenecen al cuarto Canto del Siervo del libro de Isaías, una admirable profecía que se encuentra en Is 52,13-53,12. Es la página de las Escrituras de Israel que mejor expresa la misión del Siervo de Dios y el sentido de sus sufrimientos. Verdadera cumbre de las Escrituras, esta profecía manifiesta el carácter de expiación vicaria de la Redención y de los sufrimientos del Siervo de Dios. Para entender el misterio de Cristo es fundamental conocer a fondo esta revelación.
Una vez que se cumpla en Él lo que está escrito, Jesús nos dice que llega a su fin el camino de su vida en la tierra. Por eso lo que sigue:
Ellos dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas”. Él les dijo: “Ya basta”.
Los discípulos tampoco le entienden esta vez; por eso siguen hablando de las espadas. Cuando Jesús les dice que ya basta se está refiriendo que ya les ha dicho todo lo que tenía que revelarles. Enseguida se encaminará a Getsemaní.
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