Meditación sobre Lc 22,21-30
Después de la Cena, Lucas nos deja una serie de discursos de Jesús. El primero habla de la traición:
“Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!” Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor.
La revelación clave que Jesús nos deja es que Él se va porque así lo ha dispuesto su Padre Dios –es lo que «según está determinado» significa-. San Juan nos dice que, en el Cenáculo, cuando Jesús está a punto de encaminarse al encuentro con la Cruz, dice a sus discípulos:
“Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí”.
La Eucaristía es el testimonio definitivo que Jesús nos ha dejado de que siempre obra por obediencia amorosa a su Padre Dios.
Pero eso no elimina la responsabilidad del que le entrega, ni el dolor que debió causarle al Señor el ser entregado por uno de los suyos. Tampoco elimina la tristeza de Jesús por la situación en la que queda el traidor. Cuando el Señor exclama: “Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!” está expresando ese dolor. Los «ayes» de Jesús no son maldiciones ni condenas; son expresión del dolor de su corazón.
El comportamiento de los discípulos discutiendo entre ellos me parece que manifiesta que estos hombres no entienden lo que están viviendo. Esos altercados abren la puerta a una poderosa revelación de Jesús:
Él les dijo: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”.
Jesús ya nos había dicho que Él no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. Sentado a la mesa donde acaba de instituir la Eucaristía y transformar el pan en su cuerpo entregado y el vino en su sangre derramada para darnos su vida, estas palabras del Señor adquieren un relieve especial. La Eucaristía nos enseña a servir en la Iglesia. No hay otra escuela.
Jesús continúa con su revelación. Lo que ahora va a decir a sus discípulos es muy emocionante. Se ve que no ha dado mucha importancia a las discusiones entre ellos:
“Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”.
Con esta alabanza Jesús envuelve en una mirada amable lo que han sido los años de convivencia con sus discípulos desde que los llamó a seguirlo: años de pruebas y de fidelidad.
Un acontecimiento que expresa esta vida de forma admirable tuvo lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando Jesús termina su discurso Eucarístico. Nos dice San Juan que muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” Desde ese día muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”. Esta confesión de fe de Pedro lo resuelve todo.
Como premio a su perseverancia fiel, del mismo modo que el Padre ha dispuesto un Reino para Él, Jesús va a disponer un Reino para sus apóstoles. Podrán comer y beber a su mesa en su Reino y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Pero antes les esperan duras pruebas a los discípulos de Jesucristo.
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