Meditación sobre Ef 5,1-20
San Pablo acaba de decirnos:
No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención.
En este horizonte continúa:
Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridísimos, y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios.
Qué palabras tan admirables. Con qué profundidad desarrolla el Apóstol lo que significa dejarse llevar por el Espíritu Santo de Dios y no entristecerlo. En estas pocas líneas está contenido el misterio del cristianismo, que es un misterio de amor familiar: el Padre acoge el amor con el que el Hijo se entrega por nosotros. Emociona pensar que somos hijos queridísimos de Dios, que podemos caminar en el amor por ese camino que ha abierto Cristo y que le ha llevado a entregarse por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios.
Me parece que hay que dejar que las palabras de San Pablo se nos graben en el corazón para poder meditarlas a lo largo del día. Entonces nuestra vida se transformará. Viviremos envueltos en el amor del Padre y del Hijo, abriendo espacio a ese amor en el mundo con nuestra conducta. Todo será motivo de acción de gracias a la Santísima Trinidad.
El Apóstol saca las consecuencias de lo que acaba de decir. Nos ha dicho que caminemos en el amor con el que Cristo nos ama; ahora nos va a prevenir de los caminos que nos alejan de Cristo:
Como conviene a los santos, la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros; ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen. Haced más bien acciones de gracias. Porque debéis tener bien claro y aprendido esto: que ningún fornicario o impúdico, o avaro, que es como un adorador de ídolos, puede heredar el Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con palabras vanas, porque por culpa de esto vino la ira de Dios sobre los hijos de la rebeldía. Por tanto, no os hagáis cómplices suyos.
Las palabras de Pablo son clarísimas. No necesitan comentario. Se trata de vivir como conviene a los santos, haciendo de nuestra vida una oblación y ofrenda de suave olor ante Dios, dando gracias a Dios por todo, trabajando para heredar el Reino de Cristo y de Dios, no adorando a ningún ídolo. Y el Apóstol nos insta a vivir prevenidos para no dejarnos engañar por nadie. El relato del capítulo tres del libro del Génesis sobre cómo Eva, y luego Adam, se dejaron engañar por la serpiente, y lo que de ahí se siguió, debe servirnos de lección.
El Apóstol ha empezado diciéndonos que caminemos en el amor y ahora va a decirnos que caminemos como hijos de la luz, porque somos luz en el Señor:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora en cambio sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz, porque el fruto de la luz se manifiesta en toda bondad, justicia y verdad, sabiendo discernir lo que es agradable al Señor; y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice:
Despierta tú que duermes,
levántate de entre los muertos
y te iluminará Cristo.
Después del amor, Pablo se centra ahora en la luz. Hubo un tiempo en el que fuimos tinieblas pero, por el amor de Jesucristo que se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios, ahora somos luz en el Señor y debemos caminar como hijos de la luz. Así aprenderemos a discernir lo que es agradable al Señor, y nuestra vida ordinaria dará fruto abundante de bondad, de justicia y de verdad; es decir, de santidad. Así eliminaremos el mundo.
Caminar en el amor y caminar como hijos de la luz. En este doble «caminar» se contiene la vida cristiana; y se descubre el sentido del tiempo de este mundo. Qué misterio tan admirable que podamos vivir imitando a Dios y haciendo lo que es agradable al Señor; que podamos vivir como vivió Cristo. Qué regalo tan asombroso nos ha hecho Dios con la vocación cristiana, haciéndonos dignos de vivirla en todas las circunstancias de la vida. Por eso hay que estar vigilantes:
Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Qué valor tiene a los ojos del cristiano el tiempo presente. Es tiempo para comprender cuál es la voluntad del Señor y vivir haciendo el bien; siendo prudentes en todo. Es tiempo para irse llenando del Espíritu y para llenarlo de alabanza y acción de gracias a Dios en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Todo, hasta lo más ordinario, se puede convertir en gloria de Dios. Realmente, qué valor tiene el tiempo a los ojos del cristiano.
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