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El Misterio de Dios

 Meditación sobre Jl 2,12-17

Ante la terrible amenaza de la llegada del «Día de Yahveh» –¡Día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla!– Dios, por medio del profeta Joel, invita al pueblo al arrepentimiento y la penitencia. Realmente Joel es un verdadero profeta de Israel, uno de esos hombres que hicieron grande al verdadero Israel de Dios:

Ahora, pues, –oráculo del Señor–

convertíos a Mí de todo corazón,

con ayuno, con llanto y con lamento.

Rasgad vuestros corazones

y no vuestros vestidos.

Convertíos al Señor, vuestro Dios,

porque es clemente y compasivo,

lento a la ira y rico en misericordia

y se ablanda ante la desgracia.

¿Quién sabe si volverá y se ablandará,

y dejará tras sí una bendición?

Presentad ofrenda y libación

al Señor, vuestro Dios.

Que invitación tan preciosa nos dirige Dios. Primero directamente, luego por medio del profeta. Qué revelación tan profunda de su Misterio: Dios nos invita a volver a Él con ayuno, con llanto, con lamento, símbolos fuertes de la conciencia de ser pecadores; nos invita a rasgar nuestros corazones para volvernos completamente a Él. Porque es clemente y compasivo, tardo a la cólera y rico en amor. ¿Quién sabe si nos perdonará? Dios lo sabe; lo sabe la Iglesia, que lleva siglos administrando el Sacramento del Perdón; y lo sabemos cada uno de nosotros si, al menos una vez en nuestra vida, le hemos pedido perdón a Dios de corazón.

Ahora el profeta invita al pueblo al arrepentimiento y a la penitencia:

¡Tocad el cuerno en Sión!

Promulgad el santo ayuno,

llamad a concejo,

congregad al pueblo,

convocad la asamblea,

reunid a los ancianos,

congregad a los pequeños

y a los niños de pecho.

Deje el recién casado su alcoba

y la recién casada su tálamo.

Que no falte nadie a la llamada. Todos, también los ancianos y los niños de pecho, son miembros del pueblo de Dios y tienen la dignidad –que solo Dios puede dar– de poder participar en esta liturgia penitencial. Qué nobleza la del Israel fiel, los israelitas de los que Pablo habla en la Carta a los Romanos:

De los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

Seguro que Dios escucha el clamor de su pueblo. Es lo que la Encarnación del Hijo de Dios nos revela.

Ahora las lágrimas de arrepentimiento: los sacerdotes de Israel lloran y claman por todo el pueblo.

Que entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y clamen: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo;

no entregues tu heredad al oprobio,

ni dominen en ella las naciones!»

¿Por qué se ha de decir entre los pueblos:

«Dónde está su Dios?»

Qué oración tan preciosa. Qué clara conciencia tiene Israel de ser la heredad de Dios. Por eso pide no ser entregada al oprobio y que no dominen en ella las naciones.

   «Dónde está su Dios?» El israelita que vive en la verdad sabe dónde está su Dios; el israelita que es consciente de ser un pecador y que su Dios es grande en perdonar, sabe que su Dios está es su corazón arrepentido; que en su corazón se encuentran su dolor por el pecado y la misericordia de Dios. Y si no encuentras en tu corazón a tu Dios no lo encontrarás nunca.


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