Meditación sobre Is 52,13-53,12
Esta profecía del Siervo sufriente de Yahveh me parece la revelación más profunda que nos ha dejado el Antiguo Testamento sobre el Misterio de Cristo. Jesús nos dirá que es necesario que se cumpla en Él lo que está escrito en esta profecía (Lc 22,37). La profecía manifiesta el carácter de expiación vicaria de los sufrimientos redentores del Siervo de Dios:
Mirad: mi Siervo triunfará,
será ensalzado, enaltecido y encumbrado.
Como muchos se horrorizaron de él
–tan desfigurado estaba
que no tenía aspecto de hombre
ni apariencia de ser humano–,
así él asombrará a muchas naciones.
Por su causa los reyes cerrarán la boca,
al ver lo que nunca les habían narrado
y contemplar lo que jamás habían oído.
Habla Dios. Deja claro que la última palabra la tendrá la exaltación: su Siervo triunfará y, una vez realizada la Redención, Dios lo ensalzará, lo enaltecerá y lo encumbrará. Pero el camino será terrible y el Siervo de Dios quedará completamente desfigurado, perderá el aspecto de hombre –y hasta la apariencia de ser humano– por la violencia que descargará sobre él. El contraste entre desfiguración y exaltación, que nunca nadie había oído jamás, asombrará a muchas naciones.
La profecía continúa desarrollando lo que acaba de decir de que tan desfigurado estaba que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano:
¿Quién dio crédito a nuestro anuncio?
El brazo del Señor, ¿a quién fue revelado?
Creció en su presencia como un renuevo,
como raíz de tierra árida;
no hay en él parecer,
no hay hermosura que atraiga nuestra mirada,
ni belleza que nos agrade en él.
Despreciado y rechazado de los hombres,
varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento;
como uno de quien se oculta el rostro,
le despreciamos y no le estimamos.
Qué fuerza tiene este retrato. Y todavía más fuerza tiene la razón que nos va a dar el profeta de tanta inhumanidad. Esta estrofa tiene una particular potencia de revelación:
Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades,
cargó con nuestros dolores
y nosotros lo tuvimos por castigado,
herido de Dios y humillado.
Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades,
molido por nuestros pecados.
El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él,
y por sus llagas hemos sido curados.
Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, cada uno seguía su propio camino,
mientras el Señor cargaba sobre él
la culpa de todos nosotros.
Fue maltratado y él se dejó humillar
y no abrió su boca;
como cordero llevado al matadero y
como oveja muda ante sus esquiladores,
no abrió su boca.
Qué escena tan poderosa. Como conmueve ver al Siervo de Dios como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores. Esta revelación es decisiva. Apunta directamente a la Pasión de Cristo –el verdadero Siervo de Dios–. El Siervo no habla, no se defiende, no se queja. Solo ama, obedece y padece. Deja que Dios cargue sobre él nuestras enfermedades, dolores, iniquidades y pecados; que caiga sobre él el castigo que es precio de nuestra paz con Dios; consiente en que por sus llagas seamos curados. Qué equivocados estábamos cuando lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado.
Aparece la imagen del rebaño, tradicional en las Escrituras de Israel y, nos dice el profeta, para reunir las ovejas dispersas del rebaño de Dios, el Señor cargó sobre su Siervo la culpa de todos nosotros. Esa carga establece una relación personal: para que el Señor pueda perdonar nuestra culpa, el Siervo tiene que cargar con nuestro corazón pecador, no solo con la violencia fruto del pecado. Como cordero llevado al matadero, el Siervo se deja humillar sin abrir la boca.
Por arresto y juicio fue arrebatado.
De su linaje ¿quién se ocupará?
Pues fue arrancado de la tierra de los vivientes,
fue herido de muerte por el pecado de su pueblo.
Y se puso con los impíos su sepulcro,
y con los ricos su tumba,
aunque él no cometió violencia
ni hubo mentira en su boca.
El profeta insiste en la terrible violencia que descarga sobre el Siervo, el carácter vicario de su sufrimiento y su total inocencia. Aunque los que lo llevan a la muerte piensan que lo están arrancando de la tierra de los vivientes y que con él termina su linaje, el designio de Dios es distinto:
Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias.
Puesto que dio su vida en expiación,
verá descendencia, alargará los días,
y, por su mano, el designio del Señor prosperará.
Por el esfuerzo de su alma verá la luz,
se saciará de su conocimiento.
El Justo, mi Siervo, justificará a muchos
y cargará con sus culpas.
Por eso, le daré muchedumbres como heredad,
y repartirá el botín con los fuertes;
porque ofreció su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
llevó los pecados de las muchedumbres
e intercede por los pecadores.
Todo responde al designio de Dios y a la obediencia amorosa del Siervo, que da su vida en expiación para llevar a cabo ese designio. Por someterse al querer de Dios, el siervo ve la luz, y se sacia del conocimiento del amor que Dios nos tiene y del sentido de su sufrimiento para nuestra justificación.
El Siervo carga con las culpas de muchos; así los justifica, los reconcilia con Dios. Para eso ofrece su vida a la muerte, es contado entre los pecadores, lleva los pecados de las muchedumbres, e intercede por los pecadores. Por eso Dios le dará muchedumbres como heredad. A esas muchedumbres pertenecemos los cristianos.
Qué canto tan glorioso. Hay que llevarlo a la oración, meditando cada expresión. Y hacerlo con el horizonte de la Pasión del Señor y de la Santa Misa, porque cada vez que vivimos el Sacrificio Eucarístico estamos viviendo el cuarto canto del Siervo de Dios.
Para poder llevar a la oración este Canto se necesita una condición; una condición que es fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestro corazón: saberse pecador, responsable de los sufrimientos de Cristo Jesús; aceptar en la fe que carga con mis pecados para reconciliarme con su Padre Dios.
Y se necesita una disposición de alma que también es obra del Espíritu Santo en nosotros: estar dispuestos a no volver a pecar –a cualquier precio–; a convertir la vida en expiación por el mal que hemos hecho y en reparación por los pecados del mundo.
Excursus: Siglos de espera
Dice San Juan en el Prólogo de su Evangelio:
A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.
Solo Jesús conoce al Padre y solo Él, el Hijo Único, nos puede revelar plenamente el designio salvador del Padre. Toda la riqueza de revelación de las Escrituras de Israel –riqueza extraordinaria y única– está esperando la Encarnación del Hijo para que nos dé a conocer plenamente el Misterio de su Padre Dios. Esto sucede con la profecía del Siervo sufriente de Yahveh, que llevaba siglos esperando que el Señor, en la Última Cena, revelase:
“Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: «Ha sido contado entre los malhechores». Porque lo mío toca a su fin”.
El cuarto canto del Siervo me parece la cumbre de la revelación del designio salvador de Dios en el Antiguo Testamento. Pero la revelación no está cerrada, el canto queda abierto. No hemos recibido suficiente luz en las Escrituras de Israel para comprender plenamente esta profecía que espera la revelación plena, revelación que solo el Hijo de Dios, que conoce al Padre, nos puede traer.
Solo el Hijo de Dios e Hijo del hombre puede cargar con el pecado del mundo; con todos los pecados. Solo Él puede establecer una relación personal con cada hombre, llevar sus pecados al madero de la Cruz y expiar y reparar por ellos. Solo Él puede conseguirnos el perdón del Padre y reconciliarnos con Él como hijos adoptivos. San Pablo, en la segunda Carta a los Corintios, lo expresa admirablemente:
Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo... Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo.
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