Meditación sobre Mc 6,7–13
Nos dice San Marcos que la enseñanza de Jesús no ha sido acogida en su patria; pero eso no le desanima. Él ha salido del Padre y ha venido al mundo para predicar el Evangelio de Dios y, cuando termine su misión, dejará otra vez el mundo y volverá al Padre. Sus Apóstoles continuarán su misión. Serán responsables de que el cristianismo se abra a los gentiles y no quede encerrado en el mundo judío como una secta más. Jesús comienza enviándolos a las ovejas perdidas de la Casa de Israel:
Y llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les dijo:
“Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos”.
Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Lo primero que hay que preguntarse cuando escuchas a Jesús es: ¿quién es el yo que habla? Porque si es el yo de un hombre entonces estas palabras no tienen interés para nosotros hoy. Pero si es el Yo de Dios, de Dios Hijo, entonces sus palabras puede dar a su Iglesia el poder de anunciar el Evangelio, de invitar a la conversión, de expulsar demonios y de curar enfermos.
Jesús está formando al grupo de los Apóstoles; los va asociando a su obra personal. Éste es un momento importante en la historia de la Salvación. Por primera vez van a tomar ellos el protagonismo de ser enviados por Jesús. Este envío es como una confirmación de la elección al grupo de los Doce. En este envío está lo esencial de lo que tendrán que vivir una vez que el Señor los mande al mundo entero para edificar su Iglesia. Los Apóstoles comienzan a tener experiencia personal de la eficacia de la obediencia a la palabra de Jesús.
Jesús les dice que vayan con lo estrictamente necesario; y que se dediquen a su tarea sin andar perdiendo el tiempo de casa en casa. El gran tesoro que llevan los Doce es la palabra que el Hijo de Dios les ha dado. Tienen que hacerlo rendir. Y el Padre no les va a abandonar. Lo único que tienen que hacer es ser fieles a la misión que Jesús les ha encargado, a las palabras de Jesús. Para lo demás, Dios proveerá.
Los enviados son portadores de las palabras de Jesús, palabras del Dios Hijo, palabras de Salvación; las únicas palabras de Salvación. Pero Jesús es señal de contradicción, y sus palabras pueden acogerse o rechazarse. El que las rechaza permanece en el reino del pecado. Eso es lo que simboliza el sacudirse el polvo de los pies. Es una imagen escatológica. Cuando llegue el juicio los Doce darán testimonio de que a esas gentes les fue ofrecida la palabra de Salvación y la rechazaron.
La última palabra del relato es: y los curaban. Siempre la vida. El Padre nos ha enviado a su Hijo para darnos la vida –la vida eterna–, y Jesús envía a sus discípulos como portadores de la vida que Él recibe del Padre. Ése es el misterio de la Iglesia.
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