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Como esclavos de Cristo

 Meditación sobre Ef 6,1-9

Después de las revelaciones tan admirables que el Apóstol nos ha hecho sobre el matrimonio cristiano, ahora va a ampliar el horizonte y nos va a decir cómo el Misterio de Cristo transforma todas las dimensiones de la vida familiar:

Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor. 

La clave es: «en el Señor». Eso es lo que graba el sello de lo cristiano, lo que nos lleva a vivir la justicia y lo que hace que la felicidad prolongue nuestra vida sobre la tierra y se abra a la bienaventuranza eterna. Solo eso. El hijo tiene que tener claro que obedeciendo a sus padres está obedeciendo al Señor. Después de la obediencia la honra. Qué gran mandamiento y qué promesa tan magnífica lleva asociada este mandamiento.

   Los padres tienen que hacerse acreedores a la obediencia y a la honra de sus hijos. No exacerbarlos, sino formarlos, instruirlos y corregirlos. Y todo, según el Señor. Pablo les dice a los hijos que tienen que obedecer a sus padres en el Señor, y les dice a los padres que tienen que formar a sus hijos según el Señor. Desde luego el Apóstol tiene las ideas claras. Escucharle da gusto.

Ahora San Pablo nos va a revelar las relaciones de los esclavos y los amos. En ambos casos se refiere a cristianos. Me parece que el horizonte para entender estas interesantísimas palabras del Apóstol es lo que ya nos ha dicho de como Dios, por pura gracia y mediante la fe, nos ha hecho pasar de la muerte a la vida:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida con Cristo –por gracia habéis sido salvados– , y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús.

Por la fe y el bautismo estamos ya resucitados y sentados en los cielos en Cristo Jesús. Somos ya hombres nuevos, conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Escuchemos:

Esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo con respeto y temor, con sencillez de corazón, como a Cristo, no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios; de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres; conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere: sea esclavo, sea libre.

Qué texto tan magnífico. Hay que escucharlo despacio para descubrir la finura con la que Pablo razona. Los cristianos pueden tener amos en este mundo, pero realmente son esclavos de Cristo y, obedeciendo a Cristo, es como cumplen de corazón la voluntad de Dios. Así todo servicio es servir al Señor y no a los hombres; y así todo servicio se hace siendo conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere: sea esclavo, sea libre. Esta recompensa es lo único importante en nuestra vida. Todo lo demás son circunstancias. Al final, lo único que nos tiene que interesar es: yo, ¿de quién quiero recibir la recompensa? ¿por qué obra quiero ser recompensado? Cuando se hace el bien todo es obedecer a Dios y servir al Señor; todo tendrá su recompensa.

Ahora el Apóstol se dirige a los amos. La lógica es la misma. Igual que el esclavo tiene que saber a quién está sirviendo realmente, de quién y por qué recibirá la recompensa eterna, el amo tiene que saber quién es y dónde está el verdadero Amo. El Amo de todos. Y que es un Amo para el que no hay acepción de personas. Juzga siempre con justicia; juzga según el bien que cada uno ha hecho.

Amos, obrad de la misma manera con ellos, dejando las amenazas; teniendo presente que está en los cielos el Amo vuestro y de ellos, y que en Él no hay acepción de personas.

Lo que San Pablo nos revela no es admirable solo por el contenido, que es insondable, es muy admirable también porque nos enseña a pensar, nos enseña a conocer la sociedad en la que vivimos, nos enseña a desarrollar un sano sentido crítico. Cuántas cosas tendremos que agradecer al Apóstol cuando nos encontremos con él.


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