Meditación sobre Lc 22,7-20
Después de la satánica conspiración contra Jesús, después de la terrible hora en la que Judas se aleja del Señor y de los Doce para ir a entregar a Jesús, el evangelista continúa con el relato de la preparación de la Última Cena. Es magnífico. La palabra «Pascua» va a aparecer cuatro veces. Se refiere a la Pascua judía.
Llegó el día de los Azimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua, y envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”. Ellos le dijeron: “¿Dónde quieres que la preparemos?” Les dijo: “Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre, y diréis al dueño de la casa: «El Maestro te dice: ¿Dónde está la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?» Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; haced allí los preparativos”. Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles.
Con qué señorío Jesús lo organiza todo. Después de la acción de Judas, cómo resalta la armonía entre el Señor y sus apóstoles. Jesús ejerce su autoridad y tiene el dominio de todos los aspectos y detalles. Se tiene la sensación de que las realidades a las que se refiere se ajustan exactamente a las palabras del Señor. Así será hasta la Ascensión. Jesús domina su destino y el de sus apóstoles con un poder sereno y, como buen israelita, se preocupa de respetar con todo cuidado la religión de su pueblo. Qué contraste con el comportamiento de esos principales entre los judíos que dedican estos días santos a sus mezquinas luchas de poder. Este es un episodio que tiene una sobria solemnidad, una verdadera solemnidad eclesial.
Cuando Lucas nos dice: Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles, Jesús cierra la historia de la Primera Alianza, da comienzo a su Pasión y, me parece que se puede decir, inicia la vida de la Iglesia. La hora que ha llegado es la de la Última Cena, que tiene un alcance escatológico y de salvación.
Les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”.
Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: “Tomad esto y repartidlo entre vosotros, porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”.
El Señor crea los acontecimientos por la palabra y con el gesto. Por eso hay que detenerse con cuidado en lo que sus palabras dicen y sus gestos expresan. El horizonte es claro: para Jesús todo se ordena a la llegada del Reino de Dios. El lenguaje que Jesús utiliza significa el gozo de la vida eterna donde, después del intervalo expresado por el verbo «padecer», estaremos todos con el Señor.
En este marco de la Pascua judía, Jesús instituye la Eucaristía:
Tomó luego pan y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía”.
De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”.
Las palabras y los gestos de Jesús realizan lo que significan y expresan la realidad de lo que acontece; y esta realidad se hará presente cada vez que sus discípulos «hagan esto» en su memoria.
El Misterio de la Eucaristía es insondable. La Iglesia lleva dos mil años profundizando en estas pocas palabras y en estos pocos gestos de Jesús sin agotar su contenido. Y lleva dos mil años viviendo este Misterio y dejando que su santidad inagotable vaya inundando y transformando las personas y el mundo.
Después de estas palabras tan gloriosas, lo que Jesús nos va a decir a continuación es tenebroso.
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